La confluencia desde abajo ya ha ocurrido: el caso de Ahora Alto Aragón en Común

(artículo publicado en Rebelión)

No sé si habéis oído hablar de la confluencia que tuvo lugar en Huesca para las pasadas elecciones generales, Ahora Alto Aragón en Común (AAAeC). Probablemente no, y si me dejáis, me gustaría preguntarme por qué.

A 5 años del 15M, intento no dejar nunca de recordarme a mí mismo una de las sensaciones más potentes y sorprendentes que viví en ese momento. No es un cosa mía particular, la he contrastado en muchas conversaciones con personas que me dicen que también la sintieron. Fue la emoción de encontrar a tanta gente que de una forma u otra “estaba en lo mismo”, “pensaba igual”, “se juntaba”. ¿De dónde había salido toda aquella gente? ¿Dónde habían estado antes todas esas personas que aparecieron en las plazas, en las redes, en las calles, en las asambleas, en la simpatía generalizada que recibió el movimiento? ¿De dónde habían salido todos aquellas nuevas amigas y amigos?

De esa sorpresa nació una experiencia de confianza en la posibilidad de tener algo en común con la inmensidad de desconocidos que nos rodea. No sé para vosotras, pero para mi desde el 15M ya no es lo mismo pasear por la calle, ir a un parque público, entrar a comprar en el supermercado, tomarme una caña en un bar. Sé que puedo estar rodeado en ese mismo momento de gente que pasó por las plazas, que se emocionó o se indignó, o que por lo menos dijo “ya era hora de que esta juventud hiciera algo”. Más que nada, lo que no puedo ya dar por hecho es que la persona que está a mi lado clavándome el codo en el vagón de metro, la que me molesta con la radio demasiado fuerte, la que se cruza en mi camino haciéndome dar un traspiés, sea alguien con quien no puedo hablar o entenderme. Incluso, ¿por qué no?, un potencial compañero o compañera.

En mi asamblea del 15M (algo peculiar, por ser una de las que hicimos los emigrados en ciudades de todo el mundo, pero en realidad no tan diferente a las demás), había gente con la que a lo mejor nunca hubiera pensado que podría tener nada que ver. Gente a la que tal vez nunca hubiera mirado a la cara; esos “bultos” que van por la acera, esas sombras a veces casi hostiles en las que nos convierte la “prisa urbana” (eufemismo para evitar decir: “el capitalismo”). Y sin embargo, con esa gente compartí algunos de los momentos de complicidad más intensos de mi vida.

He hecho el esfuerzo de no olvidar esa sensación en estos cinco años, porque me parece que había allí una lección que necesitaba y sigo necesitando. No se trata de idealizar, ni de caer en el “buenismo”. Pero sí de una liberación: quitarse de encima ese prejuicio tan arraigado –en la izquierda, en el mundo de “la cultura”, en España- de pensar que “el común de los mortales” o es estúpido, o, cuando menos, es un ser esencialmente ajeno, algo de lo que uno necesita apartarse para existir. Esa idea de “la gente” como una especie de masa informe de la que hay que desconfiar. La idea de que uno no es “la gente”, de que de la gente se habla siempre en tercera persona. Creo que para muchas el 15M fue liberarse de ese prejuicio.

Sí, somos la gente.

Yo crecí en un pueblo de la provincia de Huesca, Fraga, en el que se habla catalán, pero toda mi familia es de Caspe, pueblo castellano-parlante de la provincia de Zaragoza. Ese cruce de lugares y lenguas, desde luego no contribuyó mucho a que me sintiera de algún sitio durante mi infancia y adolescencia. Si a eso le añades que me marché a los 18 años para vivir en Barcelona, luego Madrid y desde hace ya trece años en Estados Unidos, pues imagínate. Esa deslocalización, esa diáspora en la que andamos no sé ya si una generación o varias, no ayuda nada a ponerle cara y sacar de ese mito de lo informe a “la gente”. ¿La gente de dónde, si uno no consigue dejar de estar de paso?

Con el 15M, para mi sorpresa, volvió esa afinidad y esa identificación con “la gente”, y con ella volvió para mi también un lugar, Huesca, el lugar donde había crecido. Entre el caos de hiper-actividad y sobre-información del momento, me llegaban signos muy buenos de lo que pasaba en la provincia pirenaica, señales de un 15M oscense muy potente, de asambleas en los pueblos, de nuevos encuentros entre gente a la que le valió de mucho encontrarse, y de renovada energía para quienes no se habían conformado con la identificación del mundo real con el neoliberalismo.

Después, en el momento en que la energía del 15M empezó a canalizarse en gran parte hacia lo electoral, de nuevo era de allí de donde, con mayor sorpresa aún si cabe, llegaban las mejores noticias. En Huesca estaban consiguiendo eso que en principio parecía que iba a ser tan fácil pero que luego se volvió de pronto tan difícil: crear una herramienta electoral capaz de estar a la altura de las exigencias del 15M. La herramienta se llamó, y se llama Ahora Alto Aragón en Común (AAAeC), y ya otras compañeras y compañeros han contado con precisión su breve historia: aquí y aquí. Sí, se trata de una “confluencia desde abajo”, con primarias abiertas, con presencia importante de las redes ciudadanas del 15M, no manipulada por decisiones de partidos, y que encima logró acabar con el imperio del bipartidismo en una provincia de 3 diputados como es Huesca, presentándose en coalición con Podemos, pero con un cabeza de lista independiente.

Lo que yo quiero añadir es simplemente una pequeña reflexión sobre por qué quizás no hemos oído hablar más de este caso, que podría haber sido exhibido a diestro y siniestro como una pequeña pero significativa victoria. ¿No será que una vez más, volvemos a creer con tanta fe en la incapacidad de “la gente” que llegamos hasta a negar lo que tenemos delante de nuestros propios ojos? Esa famosa “confluencia desde abajo” de la que tanto se habla y que tan inalcanzable parece, ya sucedió. En las pasadas elecciones, en Huesca, una provincia, sí, pequeña. Pero, ¿más que un problema de tamaño no será que Huesca es un lugar demasiado apto para ser identificado con esa masa informe e insignificante que sería “la gente”, para ser identificado con esos bultos incapaces que supuestamente nos rodean? ¿No será que no vemos a Huesca y a AAAeC porque no queremos mirar a la cara de la gente, es decir, a nuestra propia cara?

A 5 años del 15M, mi agradecimiento a lxs compañerxs de AAAeC por recordarnos que sí es posible hacer las cosas desde abajo, también en el plano electoral, y que aunque la política institucional esté llena de compromisos eso no significa que nos tengamos que conformar con una política de “grandes líderes”, ni que tengamos que ponernos a hablar de repente como políticos profesionales, ni que pensemos que tenemos que “darle a la gente lo que quiere”, porque lo que quiere la gente lo decidimos entre todxs nosotrxs.

 

 

 

 

 

 

 

¿Podemos volver a emocionarnos?

Hace unas semanas, un Pablo Iglesias visiblemente cansado le decía en una entrevista al filósofo Santiago Alba Rico que Podemos había perdido cierta capacidad de emocionar, y les pedía a quienes habían mantenido la frescura que contribuyeran aportando nuevas historias. Alba Rico, a su vez, reconocía la dificultad de transmitir mensajes políticos adaptándose al lenguaje de los medios de masas: “tener que decirlo todo en 10 segundos”.

Se ha hablado mucho de la relación de los líderes de Podemos con los medios y no quiero entrar a valorar aquí sus estrategias. Parto del reconocimiento al trabajo de las compañeras y compañeros. Pero sí quiero contribuir a recuperar algunas historias que creo que pueden todavía emocionarnos, especialmente si nos damos la oportunidad de no contarlas en 10 segundos.

Pienso en varios momentos recientes en los que la Voz del Telediario iba por un lado, y las voces de los “cualquiera” iban por otro. El pásalo de los teléfonos móviles tras el 11-M, el clamor de los primeros días del 15-M -ausente en las portadas de los periódicos-, los últimos momentos de la campaña municipal, particularmente el #EfectoCarmena que recorrió las calles y las redes de Madrid ocupando una frecuencia imperceptible para los dos o tres grupos mediáticos que gobiernan el estado (de opinión) español. Momentos en los que las calles y las redes dicen una cosa, y los medios de masas, otra.

Era esa misma mujer, Manuela Carmena, la que le espetaba en esos días a una periodista conservadora en pleno prime time: “no me hagas preguntas de sí o no, eso era en el catecismo”; la que una y otra vez se negaba a contestar a preguntas estúpidas y malintencionadas, poniendo en evidencia su estupidez y su mala intención, aunque le llevara más de 10 segundos. Y la votaron muchas madrileñas. Porque, como muy bien sabe Alba Rico (guionista de La Bola de Cristal), se puede hacer televisión sin necesidad de actuar como si la gente fuera idiota. Algo así le oí decir a Santiago Auserón en el mitin de cierre de campaña de Barcelona en Comú: “estamos hartos de que nos traten como si fuéramos tontos”. Se puede, entonces, como hizo Ada Colau en Madrid, acabar otro mitin crucial con una cita oculta al filósofo Spinoza: “¡Contra las pasiones tristes, contra el aburrimiento, y con muchísima alegría, afirmando la vida y nuestros cuerpos por delante de todo!”

Es la otra pata del “no nos representan”: no sólo los políticos, también eran los grandes medios, los tertulianos, los opinadores, los expertos, los que no nos representan. Todo ese entramado mediático-cultural que se sustenta sobre la idea de que la gente somos idiotas. Sobre la idea de que la inteligencia sólo es la de los saberes especializados, las de los tecnócratas, la que se puede traducir en dinero. Inteligencia patriarcal, individualista y productivista a la que el 15M opuso su inteligencia feminista, afectiva, colectiva y solidaria.

La historia que cuentan los medios es sencilla: cada uno va a lo suyo, los políticos engañan, la gente quiere su seguridad y bienestar personal. Los medios se dedican a difundir esa imagen mediocre y lamentable de la realidad. Sin embargo, ahí está la PAH, la Marea Blanca, la Marea Verde, la Marea Violeta, la Marea Granate, Gamonal, Can Vies, la marcha contra la violencia machista y tantas otras cosas. No es sólo “protesta”, no es sólo “indignación”, no es tampoco siquiera una cuestión de altruismo contra egoísmo. Son mundos en los que la gente perdemos el miedo a ser considerados idiotas, nos damos cuenta de nuestras capacidades cuando estamos juntas, de nuestra potencia colectiva. Son mundos en los que nos damos a nosotras mismas otra vida, más alegre, más inteligente. Nos comprometemos a ayudarnos, no porque seamos “muy buenas personas”, sino porque nos da asco la vida de aislamiento, desconfianza y miseria a la que nos condenan.

Me parece que a esos mundos es a dónde podemos ir para encontrar historias que vuelvan a emocionarnos. Conocí el otro día por casualidad a un chico turco: a los dos minutos pronuncié la palabra “Gezi” y ya era como si nos conociéramos de toda la vida. Los dos habíamos vivido lo mismo: un momento de ruptura en el que en un país que parecía condenado a confirmar la imagen miserable que sus políticos y sus medios proyectaban sobre él, se negó de pronto a hacerlo. “La sorpresa más grande fue descubrir de repente que había muchísima gente igual que yo, que pensaba lo mismo que yo”.

Una y otra vez, se nos reprochará que creemos que todo el mundo es como nosotros, que no sabemos ver más allá de la gente que tenemos a nuestro alrededor. Ombliguismo, wishful thinking, etc. Pero hemos visto multitudes salir a las calles a contradecir lo que las encuestas decían de ellas, lo que los telediarios decían de ellas, lo que la versión oficial de la realidad decía de ellas: que la gente es egoísta, que busca sólo su propio interés, que es incapaz de sostenerse sin un Estado que la organice.

Sabemos que aunque las plazas de 2011 no hayan durado, eso no borra su valor. Que las fuerzas de la versión oficial de la realidad hayan recuperado su pulso en momentos de bajada de marea como el actual, no borra el valor de las insurrecciones pequeñas y grandes que constantemente siguen teniendo lugar. Alguien me dijo una vez: “lo que pasa, no despasa”. Por el camino, otro imaginario, otra sensibilidad se va fraguando. “Otra idea de la vida, que consiste, por ejemplo, en compartir antes que en economizar, en conversar antes que en no decir palabra, en luchar antes que en sufrir, en celebrar nuestras victorias, antes que en defenderse de ellas, en entrar en contacto antes que en ser reservado”. Sabemos ahora que tenemos muchas amigas y amigos por el mundo, muchos a los que todavía no conocemos.

Y a lo mejor nos resulta difícil emocionarnos cuando quien marca los términos y el lenguaje es el aparato depresivo-informativo y su política de “los mejores”. Pero quizás lo que sí podemos es, como los zapatistas, hacer una especie de “otra campaña”. Como la PAH, plantear las cosas en nuestros propios términos: “¡Sin #Las5delaPAH, yo no os voto!” Una campaña paralela, una campaña no tanto por un partido, sino por el entusiasmo, una especie de #OccupyPodemos resucitado, una campaña que vampirice lo electoral para segregar la alegría que nos hace fuertes. Como la Marea Granate de los emigrados, que hace su propia campaña, que reclama los #DosMillonesdeVotos que otra vez nos van a robar en estas elecciones. Como la pequeña campaña, a pie de calle, de Ahora Alto-Aragón en Común/Podemos, que ha conseguido en Huesca la generosidad que ha faltado a nivel estatal para lograr la famosa confluencia. Como la campaña que hacen cada día miles de amigos tuyos, a los que a lo mejor no conoces, para que la vida deje de apestar a miedo, a desconfianza, a miseria y aislamiento. Otra campaña.

Una que a lo mejor nos llena de tanta potencia y alegría, que hasta logramos, entre otras cosas, volver a entusiasmarnos con Podemos y votar.

Turkey

 

It’s about Changing Life. The Spanish ‘Democratic Revolution’ beyond Podemos

provisionart_03The Case of Spain

In a world shaken by growing inequality and recurrent economic meltdowns, the case of Spain has gained international attention as a paradigmatic example of the destructive consequences of neoliberal capitalism. At the same time, Spain has also stood out as a leading country in the construction of alternatives to a system based on widespread competition for financial and individual profit. Spain has a long tradition of Mediterranean sociability and political experimentation, which in the last years reappeared through a strong social movement against austerity and neoliberalism: the 15M or Indignados movement, which had a decisive influence on the emergence of the global “Occupy” wave in 2011. The transformative energy of 15M has been partly canalized towards new political parties and electoral platforms such as Podemos, Ahora Madrid, and Barcelona en Común, which stand serious chances of achieving institutional power. Perhaps, however, the spectacular rise to prominence of these platforms has reduced the visibility of the transformations that were already underway.

Two fundamental ways of organizing value (cultural and material) are in crisis in Spain: first, the power of so-called ‘experts’; second, neoliberalism as a way of life based on widespread competition.

Experts vs Anyone

There is a long tradition in every society that tends to establish a group of people ‘in the know,’ and another group ‘in the dark.’ In its ‘modern’ technocratic version it grants legitimacy only to those who participate in certain disciplines and institutions, which give them the title of ‘experts’. In recent years, the economic disaster in Spain has generated such a huge drop in the credibility of political institutions that it has begun to affect this hierarchical cultural system. This has driven many people supposedly ‘in the dark’ to trust in their own abilities to collaboratively construct the knowledge they need in any given situation, and effective answers to the problems that confront them.

One of the best examples of this is the Plataforma de Afectados por las Hipotecas, or PAH (People Affected by Mortgages Platform). It would be difficult to dispute that the PAH is one of the institutions most recognized for its legitimacy in Spanish society today. Its legitimacy has not been gained through the authority of ‘experts,’ but earned through the democratic processes of something we could call a ‘culture of anyone.’ The exceptional empowerment that the PAH inspires must be attributed, among other things, to its determined rejection of a ‘service’ model through which housing problems would be confronted with the aid of a series of legal experts, mediators, or activists being offered to an undifferentiated contingent of so-called ‘victims’ whose abilities and ways of knowing would not be relevant. On the contrary, the key to the PAH’s success – as noted by those who began it and maintain it day to day – is that everyone who is affected participates in the process of the struggle for all the cases, with everyone contributing his or her own kinds of knowledge and abilities, and themselves becoming advisers for other affected people.

This is not an isolated example. More and more since the occupied squares of 2011, we have seen these ‘cultures of anyone’ arising mostly around grassroots social movements and in collaborative spaces fostered by digital technology, but they are spreading to many other social milieus, including those traditionally reserved for institutional ‘culture’ and ‘politics.’ They tend to promote the idea that the people affected by or involved in a situation should be the ones to participate in changing it, but not from a perspective of ‘anything goes.’ Rather, they promote processes of empowerment and collaborative learning that allow the development of anyone’s abilities and knowledge base.

Neoliberalism as a way of life…

Through this creation of collaborative value, they also confront neoliberalism, which should be understood not only as a set of State or market policies, but also as a widespread way of life that pushes everyone into understanding and living our lives as if they were a competitive business company. As Dardot and Laval have explained, neoliberalism operates on many levels: “For more than thirty years, this rule of existence has dominated public policies, rules global economic relations, and remodeled subjectivity. The circumstances of this normative success have been described frequently, be they the political aspect (the conquest of power by neoliberal forces), the economic aspect (the rise of globalized financial capitalism), the social aspect (individualization of social relations at the expense of collective solidarities, with extreme polarization between rich and poor), or the subjective aspect (appearance of a new subject and development of new psychological pathologies)”.

…and how to get out of it?

This very omnipresence and monstrosity of neoliberalism has often been used to support the well-known argument of the ‘glass ceiling’ of social movements: movements would have reached the limit of their processing capacity, and it would be necessary to conquer political institutions to go further and stop the feet of the neoliberal attack. However, what the Latin American experience of ‘progressive governments’ (in Argentina, Ecuador, Bolivia, Brazil, etc) shows is that, in reality, it is unclear if it is possible for the State to depart from neoliberalism. The issue is extremely complex. But let me just ask this: is it not true that in some of the institutional platforms that have emerged in the Spanish state to curb neoliberalism there is a very important sensitivity towards the ‘politics from below’? This seems certainly true in Barcelona en Comú, which has worked hard to articulate itself with neighborhood movements—making its own the Zapatista motto of ‘caminar preguntando’— but also in Ahora Madrid and other municipalist platforms. Even with respect to Podemos, despite its drift toward a seemingly more statist populism and its flirtations with a technocratic discourse, I do not think one can say that the experience of collective intelligence and empowering of the 15M cycle is no longer relevant at all.

It is not so hard to imagine, perhaps, a ‘multilevel politics’ as the Argentinian Colectivo Situaciones says, or a network in which Podemos is just another node, and has to work with many other nodes of social movements and citizens, as Margarita Padilla proposes: a distribution of roles in which the takeover of the institutions would not involve an interruption of the creative possibilities opened by the movements to other ways of life, but rather its intensification. A non-‘state-centric’ politics, as has been proposed by Raquel Gutiérrez and Amador Fernández-Savater. Because, in the end, it’s about building ‘a good life’, about changing a way of life in which ‘experts’ and competition don’t have the last word, and perhaps that is something that State institutions cannot do on their own. As expressed by Débora Ávila and Marta Malo: ‘to break through the glass ceiling against which we often stumble, and to build the foundation for a good life, there are more ways than the electoral. Roads we travel and others that we must dare to make. Small realities, palpable, inhabited, to build an independent voice that can dialogue with institutions and demand they “govern by obeying”, but from a radical difference.’

provisionart_02

*The images come from Provisionart

*The text is an adaptation of extracts from a book that will be published and made available for free online in June 2015: Cultures of Anyone. Cultural Democratizations in the Spanish Neoliberal Crisis

“Expertos en todo” y culturas democráticas: ¿nos libraremos del 78 en 2015?

11_bakermelanie20comen

(este artículo saldrá publicado en el número 3 del fanzine El Burro, en diciembre de 2014)

Noche del 23 al 24 de mayo de 1978: Alfonso Guerra, del PSOE, y Abril Martorell, de la UCD, se reúnen en un reservado del restaurante José Luis para negociar 25 artículos clave de la futura Constitución Española. En cinco horas nocturnas, de las diez a las tres de la madrugada, estos dos políticos decidieron cosas tan fundamentales para el futuro de los (así llamados) “españoles” como que su estado iba a ser definido como una “monarquía parlamentaria”, que sus representantes iban a ser elegidos mediante una ley electoral que favorecía a los partidos políticos mayoritarios, que su educación no iba a tener lugar en una escuela pública única y laica y que, finalmente, la propia Constitución que disponía todo esto iba a ponérselo muy difícil para introducir cualquier cambio en ella desde la ciudadanía.

¿Cómo puede llegar a concentrarse tanto poder en tan pocas manos? Guerra y Martorell ni siquiera formaban parte del grupo de los 7 expertos oficialmente encargados de escribir la Constitución. Ni siquiera habían estudiado derecho. Pero, según el propio Guerra, tenían “una cosa que para un jurista es fundamental: el sentido común”.

“El sentido común”. Dos personas, mano a mano, en un reservado, decidiendo nuestro futuro porque “tienen sentido común”.

Michel de Certeau ha explicado que en el mundo moderno occidental se abrió una gran brecha por la cual un tipo específico de saber humano -la tecno-ciencia- quedaba legitimado, y el resto se veían relegados a lo “primitivo”, a la “superstición”. Una marca fundamental de esa legitimidad ha sido la especialización, reconocida mediante títulos universitarios. Pero esa especialización ha producido al mismo tiempo un efecto paradójico: a menudo al especialista se le acaba considerando una persona “autorizada” en general, un Experto a secas, olvidando que su competencia se refiere a un tipo de conocimiento especializado en particular. Es así como, por arte de magia, el “experto en algo” –en una cosa determinada y concreta- acaba por convertirse en “experto en todo”.

Los “expertos en todo” pasan a ser así simplemente “los que saben”, frente al resto, que automáticamente pasan a ser “los que no saben”. En lugar de que cada cual aporte sus saberes y capacidades concretas, que tendrían un valor u otro según la situación que las requiera, se tiende a organizar la sociedad como si hubiera unas pocas personas cuya valía fuera intrínseca y absoluta, y a ellas hubiera que preguntarles siempre y sobre todas las cuestiones: desde las técnicas, hasta las éticas, pasando por las políticas, claro. Se trata de esa gente de la que se dice que “están muy preparados”, sin que se sepa a veces muy bien para qué están preparados. Y a menudo sus opiniones personales se acaban percibiendo como “sentido común”, no necesariamente porque representen lo que la mayoría piensa, sino más bien porque se espera que todo el mundo piense como ellos.

El “experto en todo” acaba convirtiéndose así en un representante autorizado de ese “sentido común” que Guerra considera la clave del éxito de Martorell y él mismo como artífices de la norma legal de convivencia social que lleva casi 40 años operando en el estado español.

Me parece que si del ciclo de movimientos y procesos políticos surgidos en torno a la llamada “crisis económica” (15-M, PAH, mareas, Podemos, Ganemos, etc) va a emerger algo más que un recambio de élites o un maquillaje que permita la permanencia de las actuales, probablemente uno de los factores decisivos será el desplazamiento de este modelo de autoridad de “los que saben”, de los “expertos en todo”. Aunque excede por completo a las posibilidades de este texto el demostrarlo, quiero proponer que ese modelo es una de las claves de lo que algunos han llamado “Cultura de la Transición” (CT): ese establishment surgido a finales de los ‘70 y que en su despliegue combina los mitos de la intelectualidad liberal (Autores) con los del neoliberalismo empresarial (Expertos).

Pero, ¿cómo desplazar ese paradigma?

Se ha empezado a hacer ya, mediante formas de cultura colaborativa no elitista.

Pensemos en la Plataforma de Afectados por las Hipotecas. Si la PAH es hoy en día una de las instituciones con mayor legitimidad en el estado español no es porque esté capitaneada por unos “expertos”. Es, me parece, porque se trata de un movimiento social abierto a cualquiera en el que se cultivan y se ponen a colaborar saberes y capacidades diversas como la solidaridad, la empatía, el cuidado mutuo, los conocimientos jurídicos, el análisis de políticas públicas, la comunicación, etc. En la PAH hay saberes especializados, claro que sí, pero no se utilizan para crear una distinción entre “quienes saben” y “quienes no saben”, sino que más bien se construyen las condiciones de posibilidad para que todo el mundo pueda aportar lo que ya sabe o lo que ya puede hacer, y para que además mediante esta colaboración se multipliquen las capacidades y saberes de todos. Dudo mucho, la verdad, de que la PAH hubiera sido capaz de parar más de 1000 desahucios y de realojar a más de 1000 personas si se hubiera basado en la cultura de los “expertos”. Lo que ha hecho ha sido “empoderar” las capacidades de cualquiera.

Ahora bien, ¿es la PAH un caso aislado, una especie de anomalía? No lo creo. Frente a la creencia en la supuesta excepcionalidad individual de expertos a los que habría que otorgar toda la autoridad, existen históricamente otras tradiciones culturales que reconocen la interdependencia colectiva como fuente principal de riqueza social y cultural, riqueza en la que cualquiera (y no sólo individuos excepcionales) participa de forma cotidiana. Hay una historia larga que serpentea entre las culturas tradicionales rurales, las culturas obreras, las contraculturas juveniles, las culturas de lo público e incluso la ética de un cristianismo solidario que vemos resurgir en estos años de la “crisis”. Una historia de prácticas de colaboración a la que las culturas digitales, aún con su vulnerabilidad frente a la cooptación neoliberal, han aportado un rico y fértil capítulo.

Por eso la PAH no está sola. Hay Centros Sociales Autogestionados, instituciones relacionadas con la Cultura Libre, Mareas en defensa de lo público u otras como la Marea Granate (de los emigrados), proyectos de economía solidaria, colectivos de investigación, e infinidad de redes activistas, culturales, vecinales, o simplemente de sociabilidad y amistad que tienden, con mayores o menores dificultades, a empoderar las capacidades de cualquiera mediante la colaboración y el respeto a saberes y aptitudes diversas.

Se dirá que estas redes no han sido capaces de cambiar las políticas públicas, que son reductos minoritarios. Tiene algo de cierto. Y los dispositivos como Podemos y los Ganemos surgen para suplir esa carencia. Ahora bien: si para conseguir el poder institucional estos dispositivos tienen que funcionar fomentando la cultura autoritaria del “experto en todo”, entonces, tenemos un problema, ¿no?

¡Eh! Que yo también quiero que los niños coman, que no echen a nadie de su casa, que haya una masiva redistribución de la riqueza. Que eso es lo primero, claro que sí. Antes de empezar a tachar este texto de “asamblearismo ingenuo”, o “elitismo democrático”, atentos, por favor, al matiz, que creo que no es menor: yo no sé si de verdad para ser “eficaz” en la conquista de las instituciones políticas hay que meterse tanto en el papel del “experto en todo” como se están metiendo algunos compas, especialmente en Podemos. Probablemente es muy difícil hacerse un sitio en la arena mediática sin jugar a eso. Pero, en cualquier caso, como no soy yo el que está trabajando en esos dispositivos electorales, y está claro que alguien tenía que hacerlo, pues todo mi respeto para ellos y mi apoyo total, y mi total agradecimiento. ¡Ánimo valientes que os echáis a esas arenas llenas de fieras! Si llega el bendito día en que podáis poner en marcha políticas como la Renta Básica Universal, pues obviamente la democracia económica va a facilitar mucho que haya también democracia cultural, es decir, que la gente no nos quedemos achantados ante los supuestos “expertos en todo” (aunque, es verdad: Podemos y los Ganemos empoderan también de otras formas ya aquí y ahora: mediante el desbloqueo, la esperanza y formas de participación múltiples, que ahí están). Pero en cualquier caso, ¿no estaría bastante bien que fortaleciéramos al máximo esos otros dispositivos que empoderan las capacidades de cualquiera sin correr los riesgos que entraña el jugar al juego de la autoridad excesiva del “experto en todo”?

Es lo único que digo. No vaya a ser que empecemos a pensar que todo se juega en Podemos. O que todo lo demás no son más que “culturas de resistencia”, movimientos sociales que protestan, o que en todo caso pueden servir como viveros de futuros expertos que se integrarán en la gestión del nuevo estado. Alguien tiene que mantener en marcha prácticas de convivencia en las que los saberes técnicos y especializados no se conviertan en pasaportes para una autoridad excesiva, prácticas que nos entrenen en la habilidad de componer lo que cada uno sabemos hacer con lo que los otros saben, sin que lo que unos saben acabe aplastando las capacidades de otros. Cosa que, ojalá no pasara, pero que, como nos muestra la historia cultural del estado español, tiende a pasar, ¡y mucho!

Ya que parece que el fuerte de Podemos (en tanto que recurra -voluntaria o involuntariamente- a la autoridad del “experto en todo”) quizás no es -por el ahora- el empoderamiento de las capacidades de cualquiera, aunque sí sirve estupendamente para alcanzar el poder institucional, pues tal vez mejor no pedirle que haga lo que no puede hacer, y entonces fomentar que esa otra parte la sostengan los colectivos y redes que ya la vienen practicando. Pero entonces, claro, ¡máximo respeto entre esos diferentes dispositivos que conviven haciendo labores diferentes pero necesarias!

No vaya a ser que nos emocionemos tanto con el “asalto” a las instituciones que acabemos redactando constituciones en reservados.

img_1478

*Imágenes:Company of Men 2001, de Melanie Baker, carboncillo sobre papel, 540 x 156 inches + foto del blog “¿Hacemos una peli?” (proyecto de cine participativo)

Podemos: la crisis de un modelo cultural autoritario

(artículo publicado en Diagonal)

AsambleaCiudadanaEn estos días se va a decidir el modelo organizativo de Podemos. Está en juego que este proyecto político se parezca poco o más bien casi nada a los partidos tradicionales. Las propuestas más aceptadas hasta el momento coinciden en defender un modelo fuertemente participativo, con una Asamblea abierta a todo el mundo que se celebraría presencialmente cada dos o tres años y que se mantendría activa permanentemente a través de las redes. Pero hay diferencias importantes. Algunas propuestas dan más poder a esa Asamblea, otras a los órganos que se encargarían de llevar a cabo sus decisiones. En este debate está en juego también algo que quizás es más difícil de ver a simple vista: cuál es la mejor manera de responder a la presente crisis de autoridad de “los que saben”.

Y es que en las sociedades modernas tendemos a comportarnos como si existieran personas “que saben” y otras “que no saben”. A los primeros se les da prioridad para gestionar la vida en común (la política, la economía, los valores, etc). Los segundos pueden aspirar a ascender al otro grupo siempre y cuando demuestren haber cumplido una serie de requisitos pedagógicos, establecidos por los primeros. La profunda crisis económica y política que atraviesa el estado español ha hecho tambalearse este sistema cultural jerárquico: ¿Por qué tenemos que hacer caso a unos que se supone que saben cuando su gestión de la vida en común es desastrosa y corrupta? ¿Pero es que realmente saben? Ante esta pregunta aparecen dos opciones: sustituir a estos “que saben” por otros que “sepan más”, o bien mandar al infierno la distinción entre “los que saben” y “los que no saben”, y empezar a reconocer que todos sabemos algo, y que de hecho sabemos más y aprendemos más unos de otros cuando cada cual aportamos lo que podemos.

Esta segunda opción la hemos visto en la PAH, en las Mareas, en el 15M. No se han parado más de mil desahucios porque unos expertos nos hayan explicado cómo hacerlo, sino porque hemos confiado en nuestras propias capacidades para hacer frente colectivamente al problema de la especulación con la vivienda. No se ha impedido la privatización de hospitales en Madrid porque los médicos se hayan defendido corporativamente, sino precisamente porque la Marea Blanca se comportó como un movimiento abierto a cualquiera. Y lo mismo sucedió con el 15M: no suscitó el apoyo masivo del 80% de la población precisamente porque presentara una nueva vanguardia de líderes, sino porque la colaboración en las plazas tendía a sacar lo mejor de todo el que se acercaba. En ningún caso estas y otras muchas experiencias similares han despreciado a los saberes especializados o técnicos. Por el contrario, los han integrado y combinado con otras muchas capacidades y habilidades: cotidianas, de cuidados, éticas, relacionales, comunicativas, emocionales, creativas… En definitiva, en esta especie de revolución democrática se ha puesto en vigor el derecho de cada cual a participar en la elaboración colectiva de una vida digna. Una elaboración que no puede ser dejada en manos de ‘expertos’.

Podemos y otras plataformas surgidas en los últimos meses -como los diferentes Ganemos- han supuesto para muchos una esperanza de llevar esa lógica de empoderamiento colectivo a la política institucional. Pero en la enorme y caótica amalgama que hoy por hoy es Podemos, el modelo cultural autoritario tiene todavía cierto peso. A veces es como si se diera un paso atrás: cuando hablamos de gestionar cosas más complejas que un edificio recuperado por la PAH o un Centro Social, o una acampada, o un huerto urbano, aparece una especie de miedo escénico que nos lleva a volver al modelo de la autoridad única de los ‘expertos’. Entonces empezamos a hablar en tercera persona: “los de Podemos son gente muy preparada”. Pero, ¿no íbamos a ser todos los que cambiáramos las cosas? No es de extrañar que aparezca el miedo, por lo demás: es razonable pensar que Podemos va a conseguir poder institucional, y por tanto lo que está en juego es una posibilidad mucho mayor de intervenir sobre cuestiones que afectan directamente al pan, la salud y la vivienda de mucha gente. Hay mucho en juego.

Y además: pasar de un modelo cultural autoritario a otro más democrático no es simplemente una cuestión de elección. La desigualdad cultural, como la desigualdad económica, es uno de los pilares que organizan el modo de vida competitivo (neoliberal) que se ha infiltrado en todos los aspectos de nuestra existencia. El filósofo Jacques Rancière habla de una ‘pasión de la desigualdad’: prefiero pensar que hay gente superior a mí porque así me reservo la posibilidad de que al mismo tiempo otros se sientan inferiores con respecto a mí. Es una forma de vida. Para abandonarla hay que adoptar otra, y no siempre hay PAHs, Mareas o 15Ms que ayuden a hacerlo.

¿Es posible convertir Podemos en otra de esas herramientas colectivas para abandonar la lógica de la competición y del autoritarismo cultural? Me parece que afortunadamente hay mucha gente intentándolo.

¿Es mejor que Podemos tenga un solo portavoz o varios? ¿Es buena idea que algunos de los miembros de sus órganos ejecutivos sean elegidos por sorteo? ¿Es adecuada la presencia de personas asociadas con Podemos en programas de televisión? No son cuestiones meramente técnicas o de estrategia política, no pueden ser entendidas sólo como asuntos a decidir por una vanguardia de avezados politólogos. Si Podemos va a ser de todos, entonces los saberes y capacidades no especializados ni técnicos tienen que tener cabida en la configuración de su estructura y sus prácticas. ¿Un partido político que no reproduzca las jerarquías culturales autoritarias, que active las capacidades de cualquiera? Bueno, ¿por qué no? La verdad es que ya llevamos un tiempo viendo pasar cosas muy raras en el estado español.

_5_a9c25211

Voces a destajo

(Esta es una carta enviada al proyecto Los dosmiles a destajo para ser leída en una “cita [secreta-pública] con el presente del pasado”)

tumblr_n4dllwUjwP1tygi95o2_400

Queridos dos miles a destajo,

Aquí van, rápidamente, algunas voces descontextualizadas y remezcladas que se me han metido en la cabeza desde hace un tiempo; un tiempo que podría ser una especie de saco de gatos y décadas; desde los ‘70 y hacia atrás, hasta los dos miles y más allá:

¡Ay, déjame que chille….!

…el día uno de agosto las viejas se ponían en la plaza del pueblo cantando,
con tambores, venía la tuna –muy antiguo pero muy gracioso- y se ponían:
‘¡el primer día de agosto,
con muchísimo esplendor, celebra el cielo celeste, anunciando los cohetes,
la fiesta de la asunción…!’

Barcelona era una fiesta. La Ramblas, el Zeleste, la Plaza Real, el
Born, todo era una fiesta. Pero aunque cada día era una fiesta y para
Ocaña cada día era carnaval, porque se disfrazaba de mujer y se iba a
cantar al café de la Opera, se reservaban las mejores galas para el
Carnaval de verdad, los diez días de febrero en los que todos nos
disfrazábamos.

Una fiesta de puta madre.
Todavía los historiadores no se han puesto de acuerdo en si los comuneros estaban a favor o en contra del progreso, pero aquí son un símbolo para levantar una región que está bastante fastidiada.

Lo que debiera ser locura, orgía, desenfreno, esperma, mierda, pasote y
ábrete de piernas corazón, se ha convertido en una estructura
domesticada, controlada, manipulada y atada (y bien atada, que dijo no
sé quien) por esa entidad facha de toda la vida (desde los cuarenta más
o menos) que es la Junta Central Fallera.

El término fiesta popular yo lo reservaría para aquellas fiestas que
carecen de espectadores, que son auténticamente fiestas de
participación generalizada del pueblo en su conjunto y en donde el
divorcio entre espectadores mirantes y un grupo de actores no se ha
producido todavía.

No queremos que la gente emigre del campo a la ciudad, que los pueblos sean pueblos, que no sean vertederos de basura, como son hasta hoy.
Los pueblos Castellanos son una puñetera porquería, la juventud emigra, no tienen puestos de trabajo, no tienen colegios, no tienen ni retretes.

-Abuela, podríamos montar un rancho en el campo.
-Dabuti, tío.

España se entrelaza definitivamente, dentro de una misma melodía armónica, con el tema europeo. Sueño inalcanzado por sucesivas generaciones de españoles a lo largo del ochocientos y del novecientos, y que ha venido a cumplirse al doblar juntos siglo y milenio.

La religión cristiana te bautiza, pero por lo menos, luego te pide la confirmación. En cambio la sociedad te inscribe en el registro civil sin preguntarte.

Frente a la idea romántica y derogatoria de una España diferente, salvaje, orientalizante, auténtica pero amoderna, queríamos una España que fuera plenamente europea e incluso su vanguardia, dejar de ser el patito feo de los países europeos, dejar de ser diferentes y singulares para normalizar, homologar España.

Llevamos 60 años en una Europa sin guerra. Eso ha producido a unos jóvenes indefensos, que no saben en qué consiste la violencia real y cuando llega una guerra del tipo de las actuales -y eso que se llama crisis es una guerra- no tienen herramientas. No se les ha educado en el estudio, la disciplina, el esfuerzo, el sacrificio. ¿Cómo puede ser que sean asamblearios? Si se sabe que la asambleas se han controlado siempre… ¿Cómo no entienden que sin programa o sin estudios nunca saldrán?

¿Cuántas matrículas tuviste tú, Marhuenda?

Aquí, en esta casa, la libertad de expresión es una regla de oro, particularmente para quienes están representando a los grupos de oposición. Pero tenemos unos límites, señora Colau. Usted hoy, si hubiera sido diputada, le hubiera tenido que llamar al orden en un momento determinado de su intervención por graves conceptos ofensivos que ha manifestado usted hacia el interviniente anterior. Le quiero pedir que retire, para que se retire, porque esto naturalmente queda escrito.

La sociedad funciona mejor si incorpora los conocimientos expertos de la ciudadanía y la fuerza innovadora de su sociedad civil. Ahora que las tecnologías de la información y la comunicación lo permiten, ha llegado el momento de incluir en las formas de gobierno la capacidad que tiene la sociedad para mejorar directamente sus instituciones y leyes.

…fui a la calle Obrador un viernes por la tarde, para ver cómo era aquello y vi lo que estaba pasando: que lo mismo que yo, había, pues un montón; había miles. Entonces expuse mi caso y me apoyaron, y a través de ellos me ha dao la moral de estar donde estoy, e incluso yo apoyar a gente que me apoyan a mi, o sea que si no nos apoyamos entre nosotros aquí no hay manera de hacer nada. Y gracias a la Plataforma, pues me ha dao moral pa estar donde estoy, porque esto es para volverse loco… Esto es para volverse loco.

¿Tú sabes por qué quiere la gente que pase la crisis? Para volver a hacer exactamente lo mismo que hacía antes: para volver a comprarse un coche, una hipoteca, para irse de nuevo a Cancún de vacaciones…

Organiza tu rabia. No gestiones tu dolor individualmente porque eso es lo que quieren. ¿Qué es morirse en España sin dinero? Buscar artículos y gente que esté trabajando en eso. Que un paciente pueda decidir su fin. Escribir lo que le cuesta a un pensionista desenterrar y enterrar.

-Yo creo en el sistema.
-Yo también creo en el sistema.
-Pues por mecanismos democráticos, todo es posible.
…Y desde luego has conseguido un minuto de gloria.

Un mundo sólo se para con otro mundo.

El 15M y la Voz del que Sabe

(Este texto se publicó en el blog Interferencias, de eldiario.es)

Crecimos aplastados por la Voz del Telediario, que nos decía: “esto es lo que hay”. Búscate la vida, este es el menos malo de los mundos posibles. Estudia, gana dinero y algún día tú también les podrás decir a otros: “esto es lo que hay”.

Pero, ¿por qué creíamos -y aún a veces seguimos creyendo- en esa Voz?

Tal vez porque no era sólo la Voz del Telediario: era la Voz del que Sabe. Siglos de autoridad, de expertos, de datos, de cifras, de intelectuales, de “grandes hombres”, de “ese tipo es un genio”, de “progreso moderno europeo”, de “todos los países más avanzados”, no pueden estar equivocados. ¿O sí?

27 de octubre de 2013: unos 4,7 millones de personas ven el primer episodio de la séptima temporada de Salvados, “¿La vida sigue igual?”, que se pregunta si algo ha cambiado desde que comenzó la crisis. Y ahí está otra vez la Voz del que Sabe, hablando ahora por boca del periodista y escritor Arturo Pérez-Reverte:

No va a cambiar nada, Jordi, no va a cambiar nada de nada. Si hoy hubiera una revolución la gente saldría a ver si le han quemado el coche lo primero. ¿Tú sabes por qué quiere la gente que pase la crisis? Para volver a hacer exactamente lo mismo que hacía antes: para volver a comprarse un coche, una hipoteca, para irse de nuevo a Cancún de vacaciones…

Nos suenan esas frases. El que Sabe nos explica siempre lo que “la gente” realmente quiere. Pero se le ve nervioso, alterado. Últimamente grita más, como si tuviera más dificultades para hacerse oír: “¡el acriticismo, la incultura, el cainismo, la vileza, la envidia, eso somos nosotros, somos los españoles!”, insiste Reverte. Parece que hay que añadir ahora el consumismo y la irresponsabilidad, según confirma el propio presidente Rajoy: “En España nos hemos pasado gastando lo que no teníamos. Hemos comprado a crédito segundas viviendas, televisiones de plasma, viajes al Caribe…”

Y nuestros “grandes hombres”, sentencian:

“Lo natural es la barbarie, y no la civilización”: Muñoz Molina, 2013.

“Las masas son previsibles y -como es lógico- gregarias”: Javier Marías, 2012.

“La masa es lo que no actúa por sí mismo. Tal es su misión. ha venido al mundo para ser dirigida, influida, representada, organizada…”: Ortega y Gasset, 1929.

Hemos visto demasiadas películas de ciencia-ficción como para no saber lo que es una profecía auto-cumplida. El eco de la Voz del que Sabe se reproduce inevitablemente en miles de comentarios por todas partes:

“la gente es idiota”, “es que la gente es inculta”, “el país está adormecido”, “en este país no hay educación”, “tenemos los políticos que nos merecemos”…

O también:

“yo de política no entiendo”, “no tengo estudios, no sé hablar bien”, “nosotros no podemos opinar porque no sabemos”…

Y por supuesto, estos otros:

“no es mi problema”, “a mi que me dejen en paz”, “cada cual a lo suyo”, “ellos roban, pero yo haría lo mismo si pudiera”…

Son tantos y tan fuertes estos miles de ecos, efectos y resonancias de la Voz del que Sabe, que a veces se nos olvida lo fácil que es dejar de escucharlos.

Pero en un momento alguien se planta y rompe el círculo. Simplemente preguntando: “¿y si no fuera así?” Alguien apuesta por la inteligencia de los demás, y por la suya propia, y en ese momento ya se ha roto el hechizo. La gente somos nosotrxs y no tenemos ni un pelo de tontxs.

La Voz del que Sabe no se callará, en cualquier caso: “son antisistema”, “la consigna está tomada del libro de Stephan Hassel Indignaos, un libro que no es nada”, “¿se puede cambiar el mundo? Es muy difícil, estamos viendo un mundo dominado por el dinero, por el consumismo, esto es lo que hay…”, “los jóvenes de hoy viven mucho mejor que hace 40 años”…

Hasta que alguien, cualquiera -en este caso una mujer llamada Cristina, de Burgos- marca el número de teléfono de la Radio y rompe el círculo:

Tengo 46 años, estuve en la manifestación de Madrid este domingo y tengo que decir algo: había muchísima gente joven, pero éramos gente de todas las edades y condiciones. ¿Antisistema? Sí, evidentemente: los políticos y los banqueros y los que realmente están apoyando esas medidas que están recortando todos los derechos que a nuestros padres y a nuestros abuelos les costó sangre, sudor y lágrimas ganar, nuestros políticos a los que hemos votado, que están dirigidos evidentemente por las mismas manos del capital que están dirigiendo también los medios de comunicación, son los que están convirtiendo a nuestros jóvenes, a nuestros hijos, en antisistema. Porque los están dejando fuera del sistema.

Y cuando el círculo se rompe, no es para saber más que la Voz del que Sabe, sino para saber de otra forma: sabiendo que hay cosas sobre las que todo el mundo sabe. Como la dignidad. Sabiendo que no es más digno quien sabe redactar una propuesta de ley para abolir los desahucios que quien sabe ponerse delante de una puerta para que nadie pase -o quien sabe aportar un abrazo, un grito o un tuit a tiempo. Sabiendo que no es más digno quien sabe instalar un equipo de megafonía, que quien sabe cocinar una paella. Ni lo es más el que maneja el bisturí que quien ha sacado adelante a cuatro hijos.

Cuando el círculo se rompe, de repente nos damos cuenta de que la gente sabemos hacer millones de cosas. Y lo que se somos capaces de hacer se multiplica. ¿Un 80% de la población apoyando a un movimiento de plazas ocupadas en las que se vive sin dinero? ¿Más de mil desahucios parados y más de mil personas realojadas? ¿La privatización de los hospitales de Madrid ilegalizada y su responsable obligado a dimitir? ¿Cancelados también proyectos de urbanismo salvaje y especulativo como los del barrio de Gamonal? ¿Infinidad de proyectos cooperativos, colaborativos, de solidaridad vecinal proliferando por todo el estado? Nada de esto era posible según la Voz del que Sabe. Pero lo ha sido.

Crecí, en fin, tan aplastado por la Voz del Telediario, por la Voz del Experto, por la Voz del Opinador, por la Voz del Maestro, por la Voz del que Sabe, que nunca imaginé que iba a vivir una apuesta tan fuerte por la inteligencia y la capacidad de cualquiera como la que se sigue viviendo hoy en el estado español.

Me alegro mucho de haberme equivocado.

Feliz 15M.

stones2