Notas a partir de Fuera de lugar, de Amador Fernández-Savater

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Todo el mundo piensa y todo el mundo se cuenta lo que le pasa, de una u otra forma. Pero a la mayoría de la gente no se le reconoce la autoridad suficiente ni se le garantiza el acceso a las mínimas condiciones de vida necesarias para dedicar tiempo y dar valor a lo que piensa y cuenta.

Si no damos valor a lo que pensamos, otros nos piensan; si no damos valor a lo que contamos, otros nos cuentan. En sociedades económicamente muy desiguales como las que ha producido el capitalismo, la posibilidad de dedicarse a pensar y contar tiende a estar también desigualmente repartida. En el estado español, concretamente, hay una larga tradición de élites “expertas” e “intelectuales” que se han encargado de pensar y contar la realidad a través de medios escritos, y que han creado, como se dijo en la web de Contratiempo, una gran meta-narrativa para interpretar todo lo que pasa en España: “la gente es inculta y bárbara, y sólo cuando las élites cultas progresistas son capaces de dirigir a las masas hacia la Modernidad, éstas puede escapar de su barbarie, y de la manipulación de las otras élites, las conservadoras”.

La aparición de los “medios de comunicación de masas” restó indudablemente protagonismo a los escritos de esas élites “expertas” e “intelectuales”. Pero, me parece, -y estas cosas son bien difíciles de demostrar-, que no anuló esa gran narrativa elitista, aunque sí la transformó. Desde luego en España los medios de masas continúan bombardeando hasta hoy con la mitología del Progreso y la Modernidad, incluso con la gastada promesa de Europa, aunque estos ideales son cada vez más difíciles de creer, según los países mediterráneos confirman su destino como mano de obra barata y fuente de entretenimiento (turismo-casino-prostíbulo) para los del norte.

Es cierto, sin embargo, que este tipo de narrativas sobre un supuesto progreso colectivo al que nos llevarían las élites han cedido protagonismo a otras que ponen al individuo en el centro y le prometen la felicidad –o cuando menos le ofrecen algo que desear-, mediante la constante promoción de innumerables objetos de consumo (materiales e inmateriales). Pero, ¿es esto muy diferente del elitismo? ¿No se trata en realidad de una especie de generalización del mismo, por la cual cada consumidor se convertiría en una especie de líder de su propio “progreso” individual, demostrando una desconexión con sus semejantes que se parece bastante a la distancia y superioridad con que las élites miran a “las masas”?

En cualquier caso, lo que está sucediendo en el estado español durante los últimos años –la llamada “crisis”- se puede interpretar como un desgaste acelerado de esas narrativas del progreso y del consumismo individualista. Cada vez es más difícil creer en ellas, dar sentido a la vida con ellas. Hay una sensación de estafa: nos habían prometido progreso moderno y consumo individual y en lugar de eso tenemos élites corruptas y precariedad colectiva.

Pero hay también algo que es todavía más importante, y que Fuera de lugar, el libro polifónico publicado por Amador Fernández-Savater en el pasado año 2013, me da que pensar: junto a la crisis de esas narrativas, de esas promesas, se da también una crisis del derecho de las élites, de los medios de masas, e incluso de esos individuos egoístas-consumistas en que nos tienden a convertir, a establecer unilateralmente esas narrativas y esas promesas. No es sólo una crisis de contenidos, es también una crisis de continentes. De formatos. Una crisis en la forma de organizar el derecho a pensar y contar lo que nos pasa.

Y puesto que todos, constantemente, estamos siempre pensando y dando sentido a lo que nos pasa, las posibles alternativas están ya ahí, y empiezan a ganar visibilidad. En las calles y en las redes digitales van cobrando importancia espacios y procesos que podrían servirnos para pensar y contar lo que nos pasa de una forma que ya no es la del experto, ni la de los medios de masas, ni la del individuo aislado. Una especie de marea de voces cotidianas, hasta ahora no autorizadas, empiezan a encontrar lugares donde pensar y contar lo que sucede.

Conversaciones callejeras, asambleas, manifestaciones, acampadas en plazas públicas, experiencias del tipo “la universidad en la calle”, redes sociales, blogs, listas de correo, pads colectivos, fanzines, editoriales copyleft, centros sociales autogestionados, radios libres, proyectos de investigación colectivos. Sin duda todos estos son posibles espacios para esas voces “no autorizadas”, que habría que analizar uno a uno, y probablemente por todos ellos ha transitado Amador Fernández-Savater, antes, durante o después de su experiencia manteniendo el blog “Fuera de lugar”, en la edición digital del periódico Público, desde 2007 a 2012, de la que sale este libro de entrevistas.

Amador es una persona que se ha dedicado a explorar formatos experimentales de pensamiento colectivo. Estos formatos, puesto que trabajan con el pensamiento al que habitualmente no se le da valor ni se le prestan las condiciones necesarias para una existencia digna y sostenible, a menudo están fuera de lugar en la realidad tal como la conocemos. Para dar valor y tiempo a un pensamiento no reconocido hay que inventar espacios que a veces no existen como tales, componer con piezas heterogéneas algo diferente. Una forma de hacerlo es mediante “contrabandos”, “infiltraciones” y “contagios” entre los espacios institucionalizados del pensamiento, el saber, la información o incluso el entretenimiento y aquellos otros -precarios, híbridos y en construcción-, en los que se ensaya un pensar y contar basado en relaciones que reconocen una interdependencia más igualitaria.

En el periódico Público, como el propio Amador cuenta en el prólogo del libro, el blog “Fuera de lugar” aparece como una especie de “alien”, un octavo pasajero que quiere habitar ese espacio pero sin someterse a su lógica. Particularmente, Amador realiza un trabajo intenso para zafarse de la función del “opinador”, ese que “dice lo que hay que pensar” desde una supuesta autosuficiencia deslocalizada. En lugar de cumplir esa función, Amador pone en marcha una serie de dispositivos que permitan un pensamiento situado en experiencias colectivas, implicado y dispuesto a hacerse preguntas y cuestionarse a sí mismo. Quizás el más visible de esos dispositivos sea el uso de las entrevistas, una forma efectiva de dar la palabra a otros y escapar al “columnismo”. Porque además esos otros a los que se da la palabra justamente no vienen a reconstruir la misma figura de autoridad que Amador evita, sino que constituyen voces de todo tipo, expertas y no expertas, reconocidas y desconocidas, a menudo presentando discursos que parten de investigaciones o experiencias personales propias que no se pueden reducir fácilmente al formato de la “opinion” periodística. En el libro se continúa ese proceso con otros medios, con todo un trabajo intenso de edición, selección, y organización de los materiales mediante secciones, “tags” que señalan posibles conexiones entre las entrevistas, codas ofrecidas por los entrevistados dos años después y el propio prólogo que reflexiona sobre todo esto. Todo esto conforma un material muy rico, que propone líneas de interpretación del momento actual, realmente un libro extraordinario que por su organización no se parece en nada a lo que sería un “tratado” sobre la crisis, pero que sí constituye una herramienta excelente para habitar críticamente los espacios en los que se la intenta pensar.

Me parece que no tiene sentido aislar este libro de otros procesos en los que, junto con muchas otras personas, Amador ha venido construyendo dispositivos diversos de pensamiento y auto-representación colectiva, como la Red Ciudadana tras el 11-M, el programa de radio de “filosofía de garaje” “Una línea sobre el mar”, el Grupo de Trabajo de Pensamiento de Acampadasol, el Laboratorio del Procomún en Medialab, las residencias para investigadores independientes en Matadero, o el propio blog al que ahora dedica gran parte de su tiempo, “Interferencias”, alojado en El diario.es. No se trata de exponer un curriculum vitae. Se trata de recordar que este libro forma parte de una serie de intentos concretos y materiales por construir plataformas de pensamiento y cultura igualitarias, democráticas. Aunque nos puedan gustar más o menos los resultados de estos intentos, aunque podamos encontrarles miles de problemas y de contradicciones (a menudo reconocidos e investigados por quienes los acometen), me gustaría enfatizar la extraordinaria necesidad de construir este tipo de plataformas. Me parece que sólo si somos capaces de pensar desde otro lugar, que a menudo es ese fuera de lugar, podremos dejar de reproducir el pensamiento del experto autoritario, del consumismo mediático y del individuo egoísta o, mejor, “empresario de sí mismo”.

En serio, ¿cuántos más expertos en posesión de la verdad, cuántos más “salvadores de la(s) patria(s)”, y cuántos más “líderes de los movimientos sociales” nos podemos permitir? ¿Y cuantos más “nuevos nombres”, “brillantes intelectuales”, “jóvenes en la vanguardia del pensamiento”, o “transgresores culturales” nos podemos permitir? Porque quizás lo peor que tienen todas estas figuras es que detrás de cada una de ellas hay un ejército de individuos críticos esperando la oportunidad para denigrarles, insultarles, acusarles de querer acumular protagonismo, en un eterno juego de desprecio y competición que nos impide tratar de pensar y vivir juntos, cada uno aportando sus capacidades y necesidades, desde formatos que no nos jerarquicen.

Cuando aparece alguien como Amador, no va a faltar quien rápidamente vea en él a otra de esas figuras de poder a las que dirigir críticas. Y eso que Amador ni siquiera está vinculado directamente con instituciones tradicionales del saber “experto”, como es el caso de otros muchos que dependemos para nuestra subsistencia, a través del salario, de las universidades. Pero no importa, se le reprochará su apellido, su herencia material o simbólica, su “posición desahogada”. Sin embargo, la cuestión es que Amador está participando en procesos concretos de desplazamiento de la posición de poder no sólo del intelectual, sino también del “militante”, entendido como una suerte de experto en los movimientos sociales, que tendría un derecho prioritario respecto a la acción política. Frente a esos derechos territoriales del intelectual y del militante, Amador opone también una práctica muy simple, pero muy poco frecuente: utilizar su visibilidad para dársela a otros que no la tienen, por ejemplo publicando constantemente textos de otras personas en su blog. La tranquilidad de que otros piensen por nosotros, y de que así nosotros podamos o bien criticarles por hacerlo o bien seguir sus dictados, es la que el trabajo de Amador pone en peligro.

El libro Fuera de lugar no es ninguna solución ni ningún ejemplo de nada. Pero es un dispositivo entre muchos otros que trabaja mediante su propio formato en la desarticulación de lecturas jerárquicas de la realidad, como son el elitismo intelectual, la militancia autoritaria y el “opinionismo” mediático. El libro está vinculado a un experimento concreto, la colaboración de Amador en Público, y ofrece gran cantidad de material valioso y creativo para pensar la “crisis” a partir de entrevistas que surgieron de esa experiencia, que ya terminó. En este sentido, me parece que invita a seguir construyendo otros formatos experimentales, por más que precarios, contradictorios e inestables, que nos permitan pensarnos y contarnos “fuera de lugar”, en vez de resignarnos a que nos piensen los defensores de las categorías jerárquicas que organizan la realidad.

 

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¿Qué puede “la cultura” respecto al ataque neoliberal?

(Este texto ha aparecido en el blog Fuera de clase, del periódico Diagonal)

Me parece que a menudo seg­uimos usando una concepción de la cultura que nos condena a la impotencia. La cultura como la guinda del pastel, como el adorno o el premio que sólo llega cuando lo otro, lo importante, está asegurado. ¿Y qué es lo otro? Las condiciones de vida materiales, la alimentación, la vivienda, la salud. El cuerpo, lo físico, lo tangible.

Pero la cultura se hace con el cuerpo. La cultura son formas de entender, representar y valorar el mundo sostenidas y practicadas por cuerpos vivos. Cuerpos que necesitan alimentación, cuidados y cobijo para seguir vivos. Pero que además, ¡atención!, necesitan también a esa propia cultura para entender, representar y valorar qué significa seguir vivo, qué significa vivir.  Antonella Picchio lo ha explicado muy bien desde la economía feminista:  “no se trata de analizar por separado cuerpo, mente y relaciones, sino de intentar conceptualizar una mente incorporada (embodied) que encuentra en la comunicación con otros cuerpos las claves de la supervivencia y del desarrollo humano”.

¿Qué significa sobrevivir y vivir como una persona? Eso es algo que decidimos constantemente con otros. No hay vivienda si no hay cultura, no hay cuerpo, comida, reproducción ni vida ni muerte si no hay cultura, porque la cultura son las formas de entender, valorar y vivir que hacen del mundo lo que es. Porque siempre llevamos las gafas de la cultura puestas, no nos las podemos quitar (aunque las podamos cambiar por otras).

Entonces, las condiciones de vida materiales son siempre también culturales. Los grupos humanos están constantemente decidiendo cuáles son las condiciones de vida que hay que conseguir y mantener, quién las va a mantener y cómo lo va a hacer. Esa decisión se toma en medio de enormes debates implícitos o explícitos en los que nos auto-representamos como seres vivos, y en los que se construyen narrativas, imágenes y contra-imágenes de una vida deseable o al menos digna.

 Me parece que si en el estado español ha pasado algo interesante en medio del ataque neoliberal que se viene sufriendo durante estos últimos años, ha sido en relación con ese enorme debate implícito y explícito sobre qué es una vida digna. Amador Fernández-Savater ha explicado que si 50 personas pueden parar un desahucio no es por su fuerza física, sino por algo que tiene que ver con ese debate sobre la dignidad. Y lo interesante es que con la “crisis” ha cambiado no sólo el contenido de ese debate, sino las propias condiciones de su existencia. Porque antes de la llamada “crisis” había una cultura predominante, una forma de vida muy asentada por la cual se esperaba que los expertos en materia económica y política se encargaran de garantizar los medios para que todo individuo pudiera dedicarse a perseguir sus deseos individuales. Es decir, (y dejadme que exagere y simplifique por la claridad del argumento), que en realidad no había debate explícito y abierto sobre cómo queremos vivir juntos: cada cual vivía para sí mismo y lo suyos, dejando a los “expertos” (políticos, economistas, líderes de esto o lo otro; en general: “los que saben”) que diseñaran los medios para que no chocáramos demasiado unos con otros.

Pero esta forma de vida, esta cultura, ha ido entrando gradualmente en crisis, según esos expertos han ido fallando una y otra vez tan brutalmente que hasta el más apático y amigo de “las cosas como están” se ha preguntado, ¿pero qué pasa aquí?

Esta cultura es enormemente fuerte y no se cae en un día. Hay una fuerte inercia que nos lleva a muchos a volver a ella, porque estamos hechos de ella, nos ha hecho ser lo que somos, en gran parte. Tiene dos caras: por un lado es tecnocrática, porque entiende la política como una cuestión técnica a resolver por expertos, como una cuestión de medios y no de fines; y por otro lado es consumista, porque entiende la vida como la experiencia de la elección y consecución de una serie de objetos de deseo por parte de individuos, a imagen y semejanza de lo que sucede en la transacción comercial.

 Las cosas no son blancas o negras. Pero lo cierto es que, especialmente desde que irrumpió el 15M, se ha dado un reencuentro de mucha gente con esa economía y política (con esa “economía política”) de la que se suponía que se debían ocupar los expertos, y, al mismo tiempo, también un reencuentro de la gente consigo misma, en tanto que gente que de pronto se ve en la necesidad de decidir en común cómo vivir, de empezar a construir colectivamente una vida digna para todos, en lugar de simplemente perseguir unos supuestos deseos individuales.

 Vale, pero ¿cómo se hace eso? No lo sé. Pero lo que quería decir aquí es que no sólo se hace haciendo manifestaciones, barricadas o lo que sea. Se hace también imaginando, pensando, representando, diciendo esa vida digna común que queremos construir desde plataformas no tecnocráticas ni consumistas. Por ejemplo, desde esas “comunidades epistémicas experimentales” de las que habla Tomás Sánchez Criado en este excelente post: “grupos o colectivos que buscan las más innumerables maneras de intentar articular teórica y prácticamente “quiénes somos”, “qué nos está pasando”, de discutir “sobre la que se nos ha venido encima” y “qué podemos hacer con ello””.

 Y es que en realidad ese post de Tomás dice ya todo lo que estoy yo diciendo aquí, y lo dice mejor y con muchos más ejemplos, y deja claro que estos procesos de conocimiento son ya una transformación de la vida en tanto que crean democráticamente valores, desplazando la tecnocracia y el consumismo como formas de crear valor. También, en ese sentido Adolfo Estalella, Jara Rocha y Antonio Lafuente han articulado inteligentemente la noción de “procomún” como un “objeto epistémico experimental” que yo entiendo que funcionaría como una especie de propulsor de esas “comunidades epistémicas experimentales” de las que habla Sánchez Criado.

 Pero en relación con todo esto, quería añadir un par de cosas más y una coda final:

 1-  que quizás sería útil entender todo ese trabajo “cultural” intenso que está manteniendo abierta la pregunta por la vida digna común no tecnocrática ni consumista en relación con tres vertientes, siempre impuras y mezcladas: antagonismo, autorepresentación y especialización.

 2-    que a pesar del valor de todo este trabajo “cultural” entiendo la impaciencia que a veces se siente hacia él, aunque me parece que es una impaciencia producida por la misma dificultad central que encuentra cualquier proceso político democrático en el mundo neoliberal: la dificultad que supone que aún cuando se consigue sostener formas de trabajo colectivo capaces de crear valor social de forma democrática, éstas a menudo se ven desplazadas o parasitadas por ese gran sistema tecnocrático de atribución de valor que constituye el dinero en el sistema económico-político capitalista.

 Desarrollo la 1:

1- Una primera vertiente podría ser ese momento antagonista, de rechazo y enfrentamiento con el sistema tecnocrático y consumista, que se canaliza, en gran parte, a través de la notablemente activa esfera pública de la Red, principalmente a través de redes sociales, blogs y otras plataformas participativas que permiten elaborar contestaciones y contra-versiones inmediatas de las historias difundidas por los poderes políticos y mediáticos. Los ejemplos son innumerables, pero por elegir uno especialmente significativo, mencionaré  la campaña 15MpaRato, que combina la recogida de información colectiva en la red con la intervención legal en contra de Rodrigo Rato, uno de esos supuestos “expertos” que iban a garantizar los medios “técnicos” necesarios para la felicidad de los individuos y que ha acabado por costar, con su ineficiencia, varios millones al erario público.

En segundo lugar, se da una vertiente más orientada hacia la autorepresentación de ese cuerpo político emergente que se quiere verdaderamente democrático y abierto a cualquiera, y por extensión la autorepresentación del espacio de lo común que ese cuerpo político trata de configurar. En este sentido desde el 15M han sido muy importantes los debates que se han generado en torno a la necesidad de desplazar identidades como las de “izquierda” y “derecha” y para sustituirlas por otras inclusivas como las de “el 99%” o simplemente “las personas”. Frente a concepciones agresivas del individuo que a veces se encuentran tanto en la estética activista como en el capitalismo competitivo, el clima de politización actual ha puesto sobre la mesa una autorepresentación de lo humano en términos de vulnerabilidad, interdependencia y cuidado mutuo, en parte gracias a las valiosas aportaciones del feminismo y los grupos queer y de diversidad funcional. Por otro lado, los debates sobre lo “común” o el “procomún” que ya mencionaba, están siendo también, creo, bastante claves en cuanto a proporcionar justamente un terreno común en el que cuestionar y retroalimentar los procesos de apertura de disciplinas, saberes y ámbitos en principio ajenos como la cultura libre, el urbanismo, la ecología y un gran etcétera.

En tercer lugar, y en relación con fenómenos como estos del “procomún”, se podría enfatizar la existencia de nuevas composiciones de los saberes especializados con espacios comunes y democráticos. Toda la estética y el discurso de las “mareas en defensa de lo público”, por ejemplo es un desplazamiento de identidades especializadas y corporativas muy fuertes como son las de los profesionales de la salud o la educación, que se han recombinado junto a las de los usuarios de los servicios públicos creando un nuevo espacio común. Algo parecido ocurriría a través de formatos híbridos entre lo especializado y lo “amateur” como pueden ser las experiencias del tipo “la universidad en la calle” y las múltiples instituciones y procesos de auto-formación, investigación colectiva o saberes compartidos que se dan en la Red y fuera de ella (el ejemplo típico sería Wikipedia, pero hay muchos otros como los cursos de Nociones Comunes, que se imparten en centro sociales y culturales de varias ciudades, el Laboratorio del Procomún en Medialab Prado o los colectivos de investigación Observatorio Metropolitano en Madrid y en Barcelona, etc, etc). Merecen una mención especial los trabajos de asesoría legal y en materia de economía que muchos profesionales llevan haciendo durante estos últimos años a los movimientos sociales, y que permiten pequeñas victorias como las que constantemente sigue consiguiendo la Plataforma de Afectados por las Hipotecas, que hace poco recibió el respaldo del tribunal europeo de derechos humanos.

Y ahora la 2:

2- Todo este trabajo de impugnación de las jerarquías tecnocráticas, de apertura de espacios comunes para la política de cualquiera y de integración de los saberes especializados en esos espacios democráticos sigue manteniendo abierto un clima de intensa politización que, sin embargo, produce a veces la extraña sensación de que el estado español es un hervidero de actividad en el que, paradójicamente, no cambia nada. Como adelantaba, quizás lo que produce esa impaciencia de ver que a pesar de todo no cambia nada son las grandes dificultades de todos los procesos políticos, y particularmente de los que trabajan principalmente en el universo simbólico, para establecer valores propios que no se vean parasitados o fagocitados por la gran maquinaria de reproducción de valor que es el capitalismo.

 Stephano Harney ha señalado que uno de los desarrollos más importantes del sistema capitalista en las últimas décadas ha sido la implementación de formas de convertir en beneficio empresarial el valor que la recepción activa del público añade a las mercancías. El capitalismo neoliberal ha aprendido a poner a trabajar a el ocio y las capacidades creativas de la gente, a usar en su beneficio todo el caudal inmenso de producción cultural que los nuevos públicos activos educados en la cultura de masas y ahora en la cultura digital canalizan cotidianamente.

 ¿No está pasando lo mismo con todo el conocimiento práctico autogestionado? Así lo sugiere de nuevo Harney, en esta entrevista, donde afirma que el neoliberalismo está gradualmente desarticulando la Universidad porque le resulta más beneficioso extraer el conocimiento y el valor cultural que necesita directamente de esas comunidades de base que lo producen colaborativamente. En fin. Nada de esto es nuevo, por lo demás: los teóricos de la revista Multitudes plantearon hace tiempo su teoría de cómo el capitalismo parasita lo que llamaron cuencas creativas urbanas dando un uso mercantil (a veces mediante la privatización que permite el copyright) a símbolos, estilos de vida, lenguajes o prácticas urbanas que surgen espontáneamente. Otra de esas formas de parasitismo es la que el geógrafo David Harvey ha hecho ilustre: la utilización de la efervescencia cultural urbana para la revalorización financiera de espacios físicos de los que después se benefician grandes empresas constructoras o inmobiliarias. Harvey señala además que, en general, lo que sigue haciendo especiales a las mercancías culturales es que permiten al capitalismo extraer de ellas lo que llama “rentas de monopolio”, es decir beneficios derivados de la supuesta excepcionalidad que la cultura aporta a ciertos lugares, objetos o experiencias. Para el caso del estado español tenemos la enorme suerte de contar con excelentes estudios concretos sobre este tipo de dinámicas como los realizados por Rubén Martínez y Jaron Rowan.

 Lo que cada vez parece más claro es que el logro de ciertas condiciones de sostenibilidad auto-gestionada por parte de personas que colaboran sin ánimo de lucro no es en absoluto algo que detenga la máquina de producción de beneficios financieros. De forma simplificada y esquemática lo que sucedería cada vez más es que los inversores de los grandes monopolios del capitalismo global obtienen rentas financieras a través de mecanismos que la auto-gestión de la vida cotidiana no necesariamente obstaculiza, como son los de la deuda individual o estatal. En el caso de España esto se ve muy claro: que la gente se una para auto-gestionar sus necesidades culturales, alimentarias, de vivienda, salud o educación no supone en realidad una gran amenaza a este tipo de capitalismo financiero mientras el estado siga pagando la enorme deuda nacional en la que ha incurrido debido a las presiones de la especulación financiera. De hecho, cuanto más se cuiden mutua y autónomamente los ciudadanos, menos recursos tendrán que dedicar el Estado a los servicios públicos, y más a sus obligaciones con los grandes actores de la macro-economía mundial, esos a los que hay que rescatar hagan lo que hagan porque son “too big to fail”.

 Coda final:

Termino: a pesar de todo esto, me parece que no podemos limitarnos a poner la cultura autogestionada, experimental y democrática en una especie de stand-by hasta que se logren instituciones político-económicas que garanticen que el valor creado por esa cultura no va a ser parasitado de uno u otro modo por la lógica del dinero -por lo que Harvey llamó “la comunidad del dinero”: esa forma de organizar y esconder la interdependencia humana a través del uso del dinero como medida de todo valor social. Me parece que el reto es poder apreciar por sí mismo el valor social generado democráticamente a pesar de que, en otro nivel, desde otros intereses, ese mismo valor esté siendo al mismo tiempo puesto al servicio de la “comunidad del dinero”. Lo uno no anula lo otro, creo. No siempre, no del todo, no necesariamente. Porque, como dicen Antonella Picchio y otras economistas feministas, una de las cosas que necesitamos reproducir para reproducir la vida, además de cuidados, alimentación, y cobijo, es el propio proceso cultural de valoración y decisión de qué es lo que vale la pena reproducir, de cómo queremos vivir. Se tiene que trabajar por la elucidación colectiva de esos valores, y esa elucidación es ya una parte de su realización.

 Finalmente: de acuerdo, probablemente la mayoría de todo ese trabajo cultural democrático que se está dando en el estado español lo están realizando cuerpos precarizados, explotados, a los que las instituciones político-económicas vigentes les sustraen el valor de su trabajo, obligándoles a trabajar también para la comunidad del dinero. Pero, ¿no podría ser que aún así ese trabajo cultural esté siendo ya una forma de hacer otro mundo, otra vida? ¿no podría ser que todo ese trabajo de crear valor no tecnocrático ni consumista fuera ya una parte fundamental del diseño de las instituciones que van a asegurar que sea posible una vida no tecnocrática ni consumista? En fin, con esto no pretendo ni mucho menos hacer una justificación de la precariedad laboral ¡Sólo faltaría! Pero sí una defensa de la cultura como parte fundamental del proceso de reproducción social, como parte de la vida que estamos ya viviendo y reproduciendo, aquí y ahora.

Una invitación a seguir dándole valor a esa cultura democrática y a seguir construyendo formas de evitar que se lo quiten.

 niños en Acampada Sol

*Este post se nutre de aprendizajes compartidos recientemente en el seminario “Commoning the City & Withdrawing from the Community of Money”.