Érase una vez Ben Morea

Una historia que podríamos contarnos hoy, recordando a Ben, podría parecerse a esas historias de héroes que derrotan dragones, y podría titularse «El experimento». Y podría decir más o menos así:

“Érase una vez un chaval de la calle en la gran ciudad. Creció con todo en contra, pero logró salir adelante. Ya muy joven estuvo a punto de morir, pero empezó a pintar, y eso le salvó la vida, al menos una de sus múltiples vidas. Se convirtió en artista y en agitador político, conoció a mucha gente, formó bandas, comunidades capaces de sostenerse y defenderse a sí mismas. Practicaban una forma de vida que no giraba en torno a quién es mejor y quién tiene más, un experimento: vivir juntos sin una noción preconcebida del sentido de la vida. Pero pronto comprendió que intentar vivir así era también estar en guerra constante. Había fuerzas brutales que estaban decididas a no dejar que el experimento tuviera lugar, ni para ellxs ni para nadie más. Entonces, junto a sus compañerxs, desafiaron a esas fuerzas, con inteligencia, imaginación, humor, y a veces con armas. Derribaron puertas y vallas, abrieron posibilidades para que otras personas se unieran al experimento. Demostraron que esas fuerzas eran ciertamente brutales, pero al mismo tiempo muy débiles… Pero llegó el momento en que la lucha se volvió inútil tal como estaba ocurriendo: iban a atraparlo. Se fue al Oeste y aprendió a sobrevivir en la naturaleza. Luego conoció a personas que llevaban generaciones cultivando sus propias versiones del experimento. Se quedó allí, vivió con ellxs y aprendió de ellxs. Más tarde, décadas después, volvió a la gran ciudad y trajo consigo sus experiencias.”

Esta historia, en sus distintas versiones, está pasando a formar parte de nuestra tradición popular. Pero hoy me gustaría ayudar a incorporar otra historia a esa tradición. Podría titularse «El regalo», y creo que, en lugar de ser una historia de héroes y dragones, se acercaría más a ese tipo de cuentos de niños y animales que escapan del peligro y que, en su camino, encuentran algo mágico. Y podría ser algo así:

“Érase una vez una persona que había vivido muchas vidas y que un día llegó a la gran ciudad. Era un guerrero revolucionario y también un sabio, y la gente de la ciudad quería aprender de sus historias y sus lecciones. Hablaba de otra vida, muy distinta a la de allí, mucho menos triste (los de la ciudad a menudo se sentían como niños perdidos en un bosque de soledad y crueldad).

Pero pasó el tiempo y el guerrero sabio no se limitaba a contar historias. Se quedó con la gente de la ciudad, vivió con ellxs, se hizo amigo de ellxs, comió con ellxs, salió a caminar con ellxs. Los cuidó a ellxs y a sus hijos de muchas maneras. Pero no solo eso: resultó que él también necesitaba que lo cuidaran, y que también escuchaba las historias que la gente le contaba, y tenían largas conversaciones en las que no siempre estaban de acuerdo. Él, el sabio guerrero, era también tierno, amoroso y a veces tan frágil que parecía que el fuese el niño perdido. Mientras tanto, la gente de la ciudad se fue danda cuenta de que en realidad sus propias vidas no estaban tan lejos de la de las historias que él les había contado.

Que estaban perdidos, sí, pero en un bosque lleno de amistades y caminos compartidos.

Cuando el hombre que había vivido muchas vidas llegó al final de esa última, ellxs lo guardaron siempre a él y a su precioso regalo en lo más profundo de sus corazones.”

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