Podemos: la crisis de un modelo cultural autoritario

(artículo publicado en Diagonal)

AsambleaCiudadanaEn estos días se va a decidir el modelo organizativo de Podemos. Está en juego que este proyecto político se parezca poco o más bien casi nada a los partidos tradicionales. Las propuestas más aceptadas hasta el momento coinciden en defender un modelo fuertemente participativo, con una Asamblea abierta a todo el mundo que se celebraría presencialmente cada dos o tres años y que se mantendría activa permanentemente a través de las redes. Pero hay diferencias importantes. Algunas propuestas dan más poder a esa Asamblea, otras a los órganos que se encargarían de llevar a cabo sus decisiones. En este debate está en juego también algo que quizás es más difícil de ver a simple vista: cuál es la mejor manera de responder a la presente crisis de autoridad de “los que saben”.

Y es que en las sociedades modernas tendemos a comportarnos como si existieran personas “que saben” y otras “que no saben”. A los primeros se les da prioridad para gestionar la vida en común (la política, la economía, los valores, etc). Los segundos pueden aspirar a ascender al otro grupo siempre y cuando demuestren haber cumplido una serie de requisitos pedagógicos, establecidos por los primeros. La profunda crisis económica y política que atraviesa el estado español ha hecho tambalearse este sistema cultural jerárquico: ¿Por qué tenemos que hacer caso a unos que se supone que saben cuando su gestión de la vida en común es desastrosa y corrupta? ¿Pero es que realmente saben? Ante esta pregunta aparecen dos opciones: sustituir a estos “que saben” por otros que “sepan más”, o bien mandar al infierno la distinción entre “los que saben” y “los que no saben”, y empezar a reconocer que todos sabemos algo, y que de hecho sabemos más y aprendemos más unos de otros cuando cada cual aportamos lo que podemos.

Esta segunda opción la hemos visto en la PAH, en las Mareas, en el 15M. No se han parado más de mil desahucios porque unos expertos nos hayan explicado cómo hacerlo, sino porque hemos confiado en nuestras propias capacidades para hacer frente colectivamente al problema de la especulación con la vivienda. No se ha impedido la privatización de hospitales en Madrid porque los médicos se hayan defendido corporativamente, sino precisamente porque la Marea Blanca se comportó como un movimiento abierto a cualquiera. Y lo mismo sucedió con el 15M: no suscitó el apoyo masivo del 80% de la población precisamente porque presentara una nueva vanguardia de líderes, sino porque la colaboración en las plazas tendía a sacar lo mejor de todo el que se acercaba. En ningún caso estas y otras muchas experiencias similares han despreciado a los saberes especializados o técnicos. Por el contrario, los han integrado y combinado con otras muchas capacidades y habilidades: cotidianas, de cuidados, éticas, relacionales, comunicativas, emocionales, creativas… En definitiva, en esta especie de revolución democrática se ha puesto en vigor el derecho de cada cual a participar en la elaboración colectiva de una vida digna. Una elaboración que no puede ser dejada en manos de ‘expertos’.

Podemos y otras plataformas surgidas en los últimos meses -como los diferentes Ganemos- han supuesto para muchos una esperanza de llevar esa lógica de empoderamiento colectivo a la política institucional. Pero en la enorme y caótica amalgama que hoy por hoy es Podemos, el modelo cultural autoritario tiene todavía cierto peso. A veces es como si se diera un paso atrás: cuando hablamos de gestionar cosas más complejas que un edificio recuperado por la PAH o un Centro Social, o una acampada, o un huerto urbano, aparece una especie de miedo escénico que nos lleva a volver al modelo de la autoridad única de los ‘expertos’. Entonces empezamos a hablar en tercera persona: “los de Podemos son gente muy preparada”. Pero, ¿no íbamos a ser todos los que cambiáramos las cosas? No es de extrañar que aparezca el miedo, por lo demás: es razonable pensar que Podemos va a conseguir poder institucional, y por tanto lo que está en juego es una posibilidad mucho mayor de intervenir sobre cuestiones que afectan directamente al pan, la salud y la vivienda de mucha gente. Hay mucho en juego.

Y además: pasar de un modelo cultural autoritario a otro más democrático no es simplemente una cuestión de elección. La desigualdad cultural, como la desigualdad económica, es uno de los pilares que organizan el modo de vida competitivo (neoliberal) que se ha infiltrado en todos los aspectos de nuestra existencia. El filósofo Jacques Rancière habla de una ‘pasión de la desigualdad’: prefiero pensar que hay gente superior a mí porque así me reservo la posibilidad de que al mismo tiempo otros se sientan inferiores con respecto a mí. Es una forma de vida. Para abandonarla hay que adoptar otra, y no siempre hay PAHs, Mareas o 15Ms que ayuden a hacerlo.

¿Es posible convertir Podemos en otra de esas herramientas colectivas para abandonar la lógica de la competición y del autoritarismo cultural? Me parece que afortunadamente hay mucha gente intentándolo.

¿Es mejor que Podemos tenga un solo portavoz o varios? ¿Es buena idea que algunos de los miembros de sus órganos ejecutivos sean elegidos por sorteo? ¿Es adecuada la presencia de personas asociadas con Podemos en programas de televisión? No son cuestiones meramente técnicas o de estrategia política, no pueden ser entendidas sólo como asuntos a decidir por una vanguardia de avezados politólogos. Si Podemos va a ser de todos, entonces los saberes y capacidades no especializados ni técnicos tienen que tener cabida en la configuración de su estructura y sus prácticas. ¿Un partido político que no reproduzca las jerarquías culturales autoritarias, que active las capacidades de cualquiera? Bueno, ¿por qué no? La verdad es que ya llevamos un tiempo viendo pasar cosas muy raras en el estado español.

_5_a9c25211

Un viaje al primer verano de Podemos

“No les van a dejar”. “Son gente muy preparada”. “¿Tendrán tiempo para conseguir suficientes candidatos que se presenten en las listas?” “A mi no me gusta ningún partido político, pero les voy a votar”. “Les han insultado tanto que la gente aún les apoya más”. “Se han bajado los sueldos”. “Los del PP y el PSOE están acojonados”.

Y una especie de esperanza contenida, un estar a la expectativa pero sin querer hacerse demasiadas ilusiones: eso es lo que hemos visto este verano, en otro de nuestros regresos siempre insuficientes y algo perturbadores a esa Ex-paña de la que nos fuimos hace ya algún tiempo.

Yo me fui a Nueva York para dos semanas y llevo 11 años aquí. La universidad española me había vomitado, como a tantos otros, y andaba sin oficio ni beneficio, escribiendo cosas en plan freelance. Mi compañera se había hecho un hueco precario pero adictivo en el caos neoyorquino, que tiene mil maneras de masticarte. Después de unos años me enteré de que podía estudiar un doctorado en español en USA; lo hice, me saqué una plaza de profe de literatura en Filadelfia. Ahora tenemos un hijo que ya dice algunas palabras en inglés con una pronunciación perfecta que nosotros nunca lograremos.

Pues bien. Llegó 2011 y la politización de las vidas: como a tantos otros el 15M y Occupy Wall Street nos dieron espacios comunes -pequeños oasis de encuentro en medio de la constante obligación de buscarse cada cual la vida por su cuenta. Espacios físicos, pero también afectivos, espacios muy precarios, claro, porque por todas partes reaparece ese buscarse la vida, en mil formas que nos enfrentan, que nos agotan, que nos convierten en seres autopromocionales y depredadores. Yo trabajo para una universidad privada en la que la matrícula anual cuesta 47.668 dólares. Dependemos del juego del dinero para sostener nuestras vidas: casa, comida, atención médica, guardería, etc. Tenemos la enorme suerte de pertenecer a ese sector de la población que por lo menos tiene acceso al juego. Desde 2011, tenemos incluso la suerte de poder escamotear algo de tiempo al juego, para intentar seguir manteniendo esos espacios en los que intentamos –siempre con muchas dificultades y contradicciones- que no todo pase por el dinero, que no todo pase por la competición. Por lo menos hacer sitio para imaginar otra cosa.

Cuando volvemos a España encontramos a nuestros amigos y a nuestras familias con sus historias de buscarse la vida. Todo el talento, las ganas, el cariño. Verdaderos despliegues de imaginación y esfuerzo en medio de la aridez. Más niñas y niños van llegando, otros crecen, todo sigue misteriosamente adelante, pero lleno de cicatrices y heridas profundas por dentro.

Miro a los ojos de mi amigo. Quién me iba a decir que las cosas iban a ir así. Soy de esas personas que sigue manteniendo a su pandilla del colegio. Pero ellos están aquí y yo allí. Desde el 15M a veces nos da apuro, pero no dejamos de sacar la conversación sobre “lo que está pasando”. Detectamos esa contención, incluso ahora. Para nosotros es más fácil ilusionarnos, eso seguro. No estamos trabajando 12 horas al día en una empresa de mierda, no nos acaban de echar, no hemos tenido que volver a vivir con nuestros padres.

Y sin embargo. Mi hermana me cuenta que están en una asociación haciendo cosas para mejorar la escuela del pueblo. Mi madre sigue con sus grupos de lectura, cada vez hay en más sitios. Mi cuñada y su marido renuncian a producir más vino ecológico del que pueden hacer bien, aunque lo podrían vender, y tienen que matarse a trabajar. Un amigo ha conseguido hacer su vida en bici en la ciudad, y quiere que le defiendan más a las bicis. Otra anda en un grupo de madres solteras por elección, nos cuenta todas las cosas que la ley no les reconoce. Mi suegro ha oído lo de la derogación de las rentas antiguas y está preocupado por perder su piso a los 80 años.

Pero cuando sale Podemos en la conversación, a pesar de la generalizada ilusión –contenida- cuesta hilar el tema, es como si ese fuese otro capítulo. Comentamos resultados, encuestas. Hasta su jefa ha votado a Podemos, dice mi cuñado. “¿Viste como dejó en ridículo a Esperanza Aguirre?”. Constantemente reaparece la referencia a esos personajes, a esos archi-villanos que de pronto son muy importantes para canalizar algo, para dar nombre a algo (Marhuenda, etc…). Nos sorprende como siempre se vuelve a ellos.

Mis padres están intentando contribuir a poner en marcha el círculo Podemos de su comarca y vamos con ellos a una reunión. Dos temas dominan la conversación: por un lado, hacer programas electorales para los pueblos (lo cual implica también, aunque no se dice, elegir candidatos para que se presenten con esos programas). Por otro lado, conectarse con cosas que la gente ya está haciendo (luchas contra el fracking, agricultura cooperativa, turismo sostenible, etc…). En Guanyem Barcelona oímos mucho la idea de “no queremos sustituir a nadie”. No tanto en Podemos, aunque también. En la reunión las mujeres hablan muy poco. Parece que lo de hablar de proyectos futuros les va más a los hombres. En esos días nos llega la información de que alguien de Podemos comentó que el aborto no debería ser un tema prioritario en el discurso del partido. Déjà-vu: ¿no ha pasado esto ya en Latinoamérica? Nos acordamos también de las amigas feministas que están en Podemos, volcadas.

De vuelta a lo que ya extrañamente es nuestra casa, en este otro país. Nuestro hijo reconoce sus juguetes. Y nosotros, ¿qué hacemos aquí? ¡Hablando de desconexiones! Un grupo de Marea Granate Nueva York (la marea de los emigrados) arranca a duras penas, es dificilísimo encontrar un día que nos vaya bien a todos para quedar. Los amigos no españoles andan organizando cosas en torno al cambio climático, va a haber una gran protesta. Parece que de una forma u otra el partido Demócrata está metiendo dinero en esto. Nos reencontramos después del verano, con los que son aquí lo más parecido a la familia de nuestro hijo: amigos y, desde 2011 -aunque a duras penas- algo así como “compas”. En Filadelfia se está por formar un círculo Podemos, que pone en marcha gente no sólo de mi universidad, sino de mi departamento. No puedo asistir a la primera reunión porque tengo que acompañar a mi hijo en su primera semana de guardería –esa guardería que nos cuesta una pasta. Pero iré, claro. A lo mejor podríamos conectar las cosas de la Marea Granate con el Podemos de aquí. Tocar suelo. Cosas como la red Federica Montseny, que no son sólo programáticas, sino de ayuda mutua. Pero, ¡uy!, ya estoy, haciendo programas…

Y es que, en fin, queremos tocar suelo, pero cómo no pensar que estaría muy bien que hubiera una concejala que facilitara al grupo de mi hermana los recursos que necesitan para mejorar su escuela, una presidenta de comunidad autónoma que fomentara empresas sostenibles y ecológicas como la de mi cuñada, un Estado que se pusiera al servicio de organizaciones asamblearias como la PAH, que pelean por el derecho a la vivienda desde el terreno. Etc.

Ayer, tomo unas cervezas con un amigo colombiano. ¿Es posible eso, un Estado que no se coma la energía de los espacios comunes y democráticos, que más bien los apoye? Él no dice que sí ni que no, pero dice que, sin ánimo de molestar, ve en los españoles una ingenuidad política que le hace tener más esperanzas que en el caso Latinoamericano. Que los españoles se han reencontrado recientemente con la política, dice, y que por eso son menos dados al cinismo.

Por mi parte, no sé si por ingenuidad, decido dejarle a él la última palabra.

Voces a destajo

(Esta es una carta enviada al proyecto Los dosmiles a destajo para ser leída en una “cita [secreta-pública] con el presente del pasado”)

tumblr_n4dllwUjwP1tygi95o2_400

Queridos dos miles a destajo,

Aquí van, rápidamente, algunas voces descontextualizadas y remezcladas que se me han metido en la cabeza desde hace un tiempo; un tiempo que podría ser una especie de saco de gatos y décadas; desde los ‘70 y hacia atrás, hasta los dos miles y más allá:

¡Ay, déjame que chille….!

…el día uno de agosto las viejas se ponían en la plaza del pueblo cantando,
con tambores, venía la tuna –muy antiguo pero muy gracioso- y se ponían:
‘¡el primer día de agosto,
con muchísimo esplendor, celebra el cielo celeste, anunciando los cohetes,
la fiesta de la asunción…!’

Barcelona era una fiesta. La Ramblas, el Zeleste, la Plaza Real, el
Born, todo era una fiesta. Pero aunque cada día era una fiesta y para
Ocaña cada día era carnaval, porque se disfrazaba de mujer y se iba a
cantar al café de la Opera, se reservaban las mejores galas para el
Carnaval de verdad, los diez días de febrero en los que todos nos
disfrazábamos.

Una fiesta de puta madre.
Todavía los historiadores no se han puesto de acuerdo en si los comuneros estaban a favor o en contra del progreso, pero aquí son un símbolo para levantar una región que está bastante fastidiada.

Lo que debiera ser locura, orgía, desenfreno, esperma, mierda, pasote y
ábrete de piernas corazón, se ha convertido en una estructura
domesticada, controlada, manipulada y atada (y bien atada, que dijo no
sé quien) por esa entidad facha de toda la vida (desde los cuarenta más
o menos) que es la Junta Central Fallera.

El término fiesta popular yo lo reservaría para aquellas fiestas que
carecen de espectadores, que son auténticamente fiestas de
participación generalizada del pueblo en su conjunto y en donde el
divorcio entre espectadores mirantes y un grupo de actores no se ha
producido todavía.

No queremos que la gente emigre del campo a la ciudad, que los pueblos sean pueblos, que no sean vertederos de basura, como son hasta hoy.
Los pueblos Castellanos son una puñetera porquería, la juventud emigra, no tienen puestos de trabajo, no tienen colegios, no tienen ni retretes.

-Abuela, podríamos montar un rancho en el campo.
-Dabuti, tío.

España se entrelaza definitivamente, dentro de una misma melodía armónica, con el tema europeo. Sueño inalcanzado por sucesivas generaciones de españoles a lo largo del ochocientos y del novecientos, y que ha venido a cumplirse al doblar juntos siglo y milenio.

La religión cristiana te bautiza, pero por lo menos, luego te pide la confirmación. En cambio la sociedad te inscribe en el registro civil sin preguntarte.

Frente a la idea romántica y derogatoria de una España diferente, salvaje, orientalizante, auténtica pero amoderna, queríamos una España que fuera plenamente europea e incluso su vanguardia, dejar de ser el patito feo de los países europeos, dejar de ser diferentes y singulares para normalizar, homologar España.

Llevamos 60 años en una Europa sin guerra. Eso ha producido a unos jóvenes indefensos, que no saben en qué consiste la violencia real y cuando llega una guerra del tipo de las actuales -y eso que se llama crisis es una guerra- no tienen herramientas. No se les ha educado en el estudio, la disciplina, el esfuerzo, el sacrificio. ¿Cómo puede ser que sean asamblearios? Si se sabe que la asambleas se han controlado siempre… ¿Cómo no entienden que sin programa o sin estudios nunca saldrán?

¿Cuántas matrículas tuviste tú, Marhuenda?

Aquí, en esta casa, la libertad de expresión es una regla de oro, particularmente para quienes están representando a los grupos de oposición. Pero tenemos unos límites, señora Colau. Usted hoy, si hubiera sido diputada, le hubiera tenido que llamar al orden en un momento determinado de su intervención por graves conceptos ofensivos que ha manifestado usted hacia el interviniente anterior. Le quiero pedir que retire, para que se retire, porque esto naturalmente queda escrito.

La sociedad funciona mejor si incorpora los conocimientos expertos de la ciudadanía y la fuerza innovadora de su sociedad civil. Ahora que las tecnologías de la información y la comunicación lo permiten, ha llegado el momento de incluir en las formas de gobierno la capacidad que tiene la sociedad para mejorar directamente sus instituciones y leyes.

…fui a la calle Obrador un viernes por la tarde, para ver cómo era aquello y vi lo que estaba pasando: que lo mismo que yo, había, pues un montón; había miles. Entonces expuse mi caso y me apoyaron, y a través de ellos me ha dao la moral de estar donde estoy, e incluso yo apoyar a gente que me apoyan a mi, o sea que si no nos apoyamos entre nosotros aquí no hay manera de hacer nada. Y gracias a la Plataforma, pues me ha dao moral pa estar donde estoy, porque esto es para volverse loco… Esto es para volverse loco.

¿Tú sabes por qué quiere la gente que pase la crisis? Para volver a hacer exactamente lo mismo que hacía antes: para volver a comprarse un coche, una hipoteca, para irse de nuevo a Cancún de vacaciones…

Organiza tu rabia. No gestiones tu dolor individualmente porque eso es lo que quieren. ¿Qué es morirse en España sin dinero? Buscar artículos y gente que esté trabajando en eso. Que un paciente pueda decidir su fin. Escribir lo que le cuesta a un pensionista desenterrar y enterrar.

-Yo creo en el sistema.
-Yo también creo en el sistema.
-Pues por mecanismos democráticos, todo es posible.
…Y desde luego has conseguido un minuto de gloria.

Un mundo sólo se para con otro mundo.

El 15M y la Voz del que Sabe

(Este texto se publicó en el blog Interferencias, de eldiario.es)

Crecimos aplastados por la Voz del Telediario, que nos decía: “esto es lo que hay”. Búscate la vida, este es el menos malo de los mundos posibles. Estudia, gana dinero y algún día tú también les podrás decir a otros: “esto es lo que hay”.

Pero, ¿por qué creíamos -y aún a veces seguimos creyendo- en esa Voz?

Tal vez porque no era sólo la Voz del Telediario: era la Voz del que Sabe. Siglos de autoridad, de expertos, de datos, de cifras, de intelectuales, de “grandes hombres”, de “ese tipo es un genio”, de “progreso moderno europeo”, de “todos los países más avanzados”, no pueden estar equivocados. ¿O sí?

27 de octubre de 2013: unos 4,7 millones de personas ven el primer episodio de la séptima temporada de Salvados, “¿La vida sigue igual?”, que se pregunta si algo ha cambiado desde que comenzó la crisis. Y ahí está otra vez la Voz del que Sabe, hablando ahora por boca del periodista y escritor Arturo Pérez-Reverte:

No va a cambiar nada, Jordi, no va a cambiar nada de nada. Si hoy hubiera una revolución la gente saldría a ver si le han quemado el coche lo primero. ¿Tú sabes por qué quiere la gente que pase la crisis? Para volver a hacer exactamente lo mismo que hacía antes: para volver a comprarse un coche, una hipoteca, para irse de nuevo a Cancún de vacaciones…

Nos suenan esas frases. El que Sabe nos explica siempre lo que “la gente” realmente quiere. Pero se le ve nervioso, alterado. Últimamente grita más, como si tuviera más dificultades para hacerse oír: “¡el acriticismo, la incultura, el cainismo, la vileza, la envidia, eso somos nosotros, somos los españoles!”, insiste Reverte. Parece que hay que añadir ahora el consumismo y la irresponsabilidad, según confirma el propio presidente Rajoy: “En España nos hemos pasado gastando lo que no teníamos. Hemos comprado a crédito segundas viviendas, televisiones de plasma, viajes al Caribe…”

Y nuestros “grandes hombres”, sentencian:

“Lo natural es la barbarie, y no la civilización”: Muñoz Molina, 2013.

“Las masas son previsibles y -como es lógico- gregarias”: Javier Marías, 2012.

“La masa es lo que no actúa por sí mismo. Tal es su misión. ha venido al mundo para ser dirigida, influida, representada, organizada…”: Ortega y Gasset, 1929.

Hemos visto demasiadas películas de ciencia-ficción como para no saber lo que es una profecía auto-cumplida. El eco de la Voz del que Sabe se reproduce inevitablemente en miles de comentarios por todas partes:

“la gente es idiota”, “es que la gente es inculta”, “el país está adormecido”, “en este país no hay educación”, “tenemos los políticos que nos merecemos”…

O también:

“yo de política no entiendo”, “no tengo estudios, no sé hablar bien”, “nosotros no podemos opinar porque no sabemos”…

Y por supuesto, estos otros:

“no es mi problema”, “a mi que me dejen en paz”, “cada cual a lo suyo”, “ellos roban, pero yo haría lo mismo si pudiera”…

Son tantos y tan fuertes estos miles de ecos, efectos y resonancias de la Voz del que Sabe, que a veces se nos olvida lo fácil que es dejar de escucharlos.

Pero en un momento alguien se planta y rompe el círculo. Simplemente preguntando: “¿y si no fuera así?” Alguien apuesta por la inteligencia de los demás, y por la suya propia, y en ese momento ya se ha roto el hechizo. La gente somos nosotrxs y no tenemos ni un pelo de tontxs.

La Voz del que Sabe no se callará, en cualquier caso: “son antisistema”, “la consigna está tomada del libro de Stephan Hassel Indignaos, un libro que no es nada”, “¿se puede cambiar el mundo? Es muy difícil, estamos viendo un mundo dominado por el dinero, por el consumismo, esto es lo que hay…”, “los jóvenes de hoy viven mucho mejor que hace 40 años”…

Hasta que alguien, cualquiera -en este caso una mujer llamada Cristina, de Burgos- marca el número de teléfono de la Radio y rompe el círculo:

Tengo 46 años, estuve en la manifestación de Madrid este domingo y tengo que decir algo: había muchísima gente joven, pero éramos gente de todas las edades y condiciones. ¿Antisistema? Sí, evidentemente: los políticos y los banqueros y los que realmente están apoyando esas medidas que están recortando todos los derechos que a nuestros padres y a nuestros abuelos les costó sangre, sudor y lágrimas ganar, nuestros políticos a los que hemos votado, que están dirigidos evidentemente por las mismas manos del capital que están dirigiendo también los medios de comunicación, son los que están convirtiendo a nuestros jóvenes, a nuestros hijos, en antisistema. Porque los están dejando fuera del sistema.

Y cuando el círculo se rompe, no es para saber más que la Voz del que Sabe, sino para saber de otra forma: sabiendo que hay cosas sobre las que todo el mundo sabe. Como la dignidad. Sabiendo que no es más digno quien sabe redactar una propuesta de ley para abolir los desahucios que quien sabe ponerse delante de una puerta para que nadie pase -o quien sabe aportar un abrazo, un grito o un tuit a tiempo. Sabiendo que no es más digno quien sabe instalar un equipo de megafonía, que quien sabe cocinar una paella. Ni lo es más el que maneja el bisturí que quien ha sacado adelante a cuatro hijos.

Cuando el círculo se rompe, de repente nos damos cuenta de que la gente sabemos hacer millones de cosas. Y lo que se somos capaces de hacer se multiplica. ¿Un 80% de la población apoyando a un movimiento de plazas ocupadas en las que se vive sin dinero? ¿Más de mil desahucios parados y más de mil personas realojadas? ¿La privatización de los hospitales de Madrid ilegalizada y su responsable obligado a dimitir? ¿Cancelados también proyectos de urbanismo salvaje y especulativo como los del barrio de Gamonal? ¿Infinidad de proyectos cooperativos, colaborativos, de solidaridad vecinal proliferando por todo el estado? Nada de esto era posible según la Voz del que Sabe. Pero lo ha sido.

Crecí, en fin, tan aplastado por la Voz del Telediario, por la Voz del Experto, por la Voz del Opinador, por la Voz del Maestro, por la Voz del que Sabe, que nunca imaginé que iba a vivir una apuesta tan fuerte por la inteligencia y la capacidad de cualquiera como la que se sigue viviendo hoy en el estado español.

Me alegro mucho de haberme equivocado.

Feliz 15M.

stones2

Notas a partir de Fuera de lugar, de Amador Fernández-Savater

51VMLahOquL._SY344_BO1,204,203,200_

Todo el mundo piensa y todo el mundo se cuenta lo que le pasa, de una u otra forma. Pero a la mayoría de la gente no se le reconoce la autoridad suficiente ni se le garantiza el acceso a las mínimas condiciones de vida necesarias para dedicar tiempo y dar valor a lo que piensa y cuenta.

Si no damos valor a lo que pensamos, otros nos piensan; si no damos valor a lo que contamos, otros nos cuentan. En sociedades económicamente muy desiguales como las que ha producido el capitalismo, la posibilidad de dedicarse a pensar y contar tiende a estar también desigualmente repartida. En el estado español, concretamente, hay una larga tradición de élites “expertas” e “intelectuales” que se han encargado de pensar y contar la realidad a través de medios escritos, y que han creado, como se dijo en la web de Contratiempo, una gran meta-narrativa para interpretar todo lo que pasa en España: “la gente es inculta y bárbara, y sólo cuando las élites cultas progresistas son capaces de dirigir a las masas hacia la Modernidad, éstas puede escapar de su barbarie, y de la manipulación de las otras élites, las conservadoras”.

La aparición de los “medios de comunicación de masas” restó indudablemente protagonismo a los escritos de esas élites “expertas” e “intelectuales”. Pero, me parece, -y estas cosas son bien difíciles de demostrar-, que no anuló esa gran narrativa elitista, aunque sí la transformó. Desde luego en España los medios de masas continúan bombardeando hasta hoy con la mitología del Progreso y la Modernidad, incluso con la gastada promesa de Europa, aunque estos ideales son cada vez más difíciles de creer, según los países mediterráneos confirman su destino como mano de obra barata y fuente de entretenimiento (turismo-casino-prostíbulo) para los del norte.

Es cierto, sin embargo, que este tipo de narrativas sobre un supuesto progreso colectivo al que nos llevarían las élites han cedido protagonismo a otras que ponen al individuo en el centro y le prometen la felicidad –o cuando menos le ofrecen algo que desear-, mediante la constante promoción de innumerables objetos de consumo (materiales e inmateriales). Pero, ¿es esto muy diferente del elitismo? ¿No se trata en realidad de una especie de generalización del mismo, por la cual cada consumidor se convertiría en una especie de líder de su propio “progreso” individual, demostrando una desconexión con sus semejantes que se parece bastante a la distancia y superioridad con que las élites miran a “las masas”?

En cualquier caso, lo que está sucediendo en el estado español durante los últimos años –la llamada “crisis”- se puede interpretar como un desgaste acelerado de esas narrativas del progreso y del consumismo individualista. Cada vez es más difícil creer en ellas, dar sentido a la vida con ellas. Hay una sensación de estafa: nos habían prometido progreso moderno y consumo individual y en lugar de eso tenemos élites corruptas y precariedad colectiva.

Pero hay también algo que es todavía más importante, y que Fuera de lugar, el libro polifónico publicado por Amador Fernández-Savater en el pasado año 2013, me da que pensar: junto a la crisis de esas narrativas, de esas promesas, se da también una crisis del derecho de las élites, de los medios de masas, e incluso de esos individuos egoístas-consumistas en que nos tienden a convertir, a establecer unilateralmente esas narrativas y esas promesas. No es sólo una crisis de contenidos, es también una crisis de continentes. De formatos. Una crisis en la forma de organizar el derecho a pensar y contar lo que nos pasa.

Y puesto que todos, constantemente, estamos siempre pensando y dando sentido a lo que nos pasa, las posibles alternativas están ya ahí, y empiezan a ganar visibilidad. En las calles y en las redes digitales van cobrando importancia espacios y procesos que podrían servirnos para pensar y contar lo que nos pasa de una forma que ya no es la del experto, ni la de los medios de masas, ni la del individuo aislado. Una especie de marea de voces cotidianas, hasta ahora no autorizadas, empiezan a encontrar lugares donde pensar y contar lo que sucede.

Conversaciones callejeras, asambleas, manifestaciones, acampadas en plazas públicas, experiencias del tipo “la universidad en la calle”, redes sociales, blogs, listas de correo, pads colectivos, fanzines, editoriales copyleft, centros sociales autogestionados, radios libres, proyectos de investigación colectivos. Sin duda todos estos son posibles espacios para esas voces “no autorizadas”, que habría que analizar uno a uno, y probablemente por todos ellos ha transitado Amador Fernández-Savater, antes, durante o después de su experiencia manteniendo el blog “Fuera de lugar”, en la edición digital del periódico Público, desde 2007 a 2012, de la que sale este libro de entrevistas.

Amador es una persona que se ha dedicado a explorar formatos experimentales de pensamiento colectivo. Estos formatos, puesto que trabajan con el pensamiento al que habitualmente no se le da valor ni se le prestan las condiciones necesarias para una existencia digna y sostenible, a menudo están fuera de lugar en la realidad tal como la conocemos. Para dar valor y tiempo a un pensamiento no reconocido hay que inventar espacios que a veces no existen como tales, componer con piezas heterogéneas algo diferente. Una forma de hacerlo es mediante “contrabandos”, “infiltraciones” y “contagios” entre los espacios institucionalizados del pensamiento, el saber, la información o incluso el entretenimiento y aquellos otros -precarios, híbridos y en construcción-, en los que se ensaya un pensar y contar basado en relaciones que reconocen una interdependencia más igualitaria.

En el periódico Público, como el propio Amador cuenta en el prólogo del libro, el blog “Fuera de lugar” aparece como una especie de “alien”, un octavo pasajero que quiere habitar ese espacio pero sin someterse a su lógica. Particularmente, Amador realiza un trabajo intenso para zafarse de la función del “opinador”, ese que “dice lo que hay que pensar” desde una supuesta autosuficiencia deslocalizada. En lugar de cumplir esa función, Amador pone en marcha una serie de dispositivos que permitan un pensamiento situado en experiencias colectivas, implicado y dispuesto a hacerse preguntas y cuestionarse a sí mismo. Quizás el más visible de esos dispositivos sea el uso de las entrevistas, una forma efectiva de dar la palabra a otros y escapar al “columnismo”. Porque además esos otros a los que se da la palabra justamente no vienen a reconstruir la misma figura de autoridad que Amador evita, sino que constituyen voces de todo tipo, expertas y no expertas, reconocidas y desconocidas, a menudo presentando discursos que parten de investigaciones o experiencias personales propias que no se pueden reducir fácilmente al formato de la “opinion” periodística. En el libro se continúa ese proceso con otros medios, con todo un trabajo intenso de edición, selección, y organización de los materiales mediante secciones, “tags” que señalan posibles conexiones entre las entrevistas, codas ofrecidas por los entrevistados dos años después y el propio prólogo que reflexiona sobre todo esto. Todo esto conforma un material muy rico, que propone líneas de interpretación del momento actual, realmente un libro extraordinario que por su organización no se parece en nada a lo que sería un “tratado” sobre la crisis, pero que sí constituye una herramienta excelente para habitar críticamente los espacios en los que se la intenta pensar.

Me parece que no tiene sentido aislar este libro de otros procesos en los que, junto con muchas otras personas, Amador ha venido construyendo dispositivos diversos de pensamiento y auto-representación colectiva, como la Red Ciudadana tras el 11-M, el programa de radio de “filosofía de garaje” “Una línea sobre el mar”, el Grupo de Trabajo de Pensamiento de Acampadasol, el Laboratorio del Procomún en Medialab, las residencias para investigadores independientes en Matadero, o el propio blog al que ahora dedica gran parte de su tiempo, “Interferencias”, alojado en El diario.es. No se trata de exponer un curriculum vitae. Se trata de recordar que este libro forma parte de una serie de intentos concretos y materiales por construir plataformas de pensamiento y cultura igualitarias, democráticas. Aunque nos puedan gustar más o menos los resultados de estos intentos, aunque podamos encontrarles miles de problemas y de contradicciones (a menudo reconocidos e investigados por quienes los acometen), me gustaría enfatizar la extraordinaria necesidad de construir este tipo de plataformas. Me parece que sólo si somos capaces de pensar desde otro lugar, que a menudo es ese fuera de lugar, podremos dejar de reproducir el pensamiento del experto autoritario, del consumismo mediático y del individuo egoísta o, mejor, “empresario de sí mismo”.

En serio, ¿cuántos más expertos en posesión de la verdad, cuántos más “salvadores de la(s) patria(s)”, y cuántos más “líderes de los movimientos sociales” nos podemos permitir? ¿Y cuantos más “nuevos nombres”, “brillantes intelectuales”, “jóvenes en la vanguardia del pensamiento”, o “transgresores culturales” nos podemos permitir? Porque quizás lo peor que tienen todas estas figuras es que detrás de cada una de ellas hay un ejército de individuos críticos esperando la oportunidad para denigrarles, insultarles, acusarles de querer acumular protagonismo, en un eterno juego de desprecio y competición que nos impide tratar de pensar y vivir juntos, cada uno aportando sus capacidades y necesidades, desde formatos que no nos jerarquicen.

Cuando aparece alguien como Amador, no va a faltar quien rápidamente vea en él a otra de esas figuras de poder a las que dirigir críticas. Y eso que Amador ni siquiera está vinculado directamente con instituciones tradicionales del saber “experto”, como es el caso de otros muchos que dependemos para nuestra subsistencia, a través del salario, de las universidades. Pero no importa, se le reprochará su apellido, su herencia material o simbólica, su “posición desahogada”. Sin embargo, la cuestión es que Amador está participando en procesos concretos de desplazamiento de la posición de poder no sólo del intelectual, sino también del “militante”, entendido como una suerte de experto en los movimientos sociales, que tendría un derecho prioritario respecto a la acción política. Frente a esos derechos territoriales del intelectual y del militante, Amador opone también una práctica muy simple, pero muy poco frecuente: utilizar su visibilidad para dársela a otros que no la tienen, por ejemplo publicando constantemente textos de otras personas en su blog. La tranquilidad de que otros piensen por nosotros, y de que así nosotros podamos o bien criticarles por hacerlo o bien seguir sus dictados, es la que el trabajo de Amador pone en peligro.

El libro Fuera de lugar no es ninguna solución ni ningún ejemplo de nada. Pero es un dispositivo entre muchos otros que trabaja mediante su propio formato en la desarticulación de lecturas jerárquicas de la realidad, como son el elitismo intelectual, la militancia autoritaria y el “opinionismo” mediático. El libro está vinculado a un experimento concreto, la colaboración de Amador en Público, y ofrece gran cantidad de material valioso y creativo para pensar la “crisis” a partir de entrevistas que surgieron de esa experiencia, que ya terminó. En este sentido, me parece que invita a seguir construyendo otros formatos experimentales, por más que precarios, contradictorios e inestables, que nos permitan pensarnos y contarnos “fuera de lugar”, en vez de resignarnos a que nos piensen los defensores de las categorías jerárquicas que organizan la realidad.

 

mapasclima

¿Qué puede “la cultura” respecto al ataque neoliberal?

(Este texto ha aparecido en el blog Fuera de clase, del periódico Diagonal)

Me parece que a menudo seg­uimos usando una concepción de la cultura que nos condena a la impotencia. La cultura como la guinda del pastel, como el adorno o el premio que sólo llega cuando lo otro, lo importante, está asegurado. ¿Y qué es lo otro? Las condiciones de vida materiales, la alimentación, la vivienda, la salud. El cuerpo, lo físico, lo tangible.

Pero la cultura se hace con el cuerpo. La cultura son formas de entender, representar y valorar el mundo sostenidas y practicadas por cuerpos vivos. Cuerpos que necesitan alimentación, cuidados y cobijo para seguir vivos. Pero que además, ¡atención!, necesitan también a esa propia cultura para entender, representar y valorar qué significa seguir vivo, qué significa vivir.  Antonella Picchio lo ha explicado muy bien desde la economía feminista:  “no se trata de analizar por separado cuerpo, mente y relaciones, sino de intentar conceptualizar una mente incorporada (embodied) que encuentra en la comunicación con otros cuerpos las claves de la supervivencia y del desarrollo humano”.

¿Qué significa sobrevivir y vivir como una persona? Eso es algo que decidimos constantemente con otros. No hay vivienda si no hay cultura, no hay cuerpo, comida, reproducción ni vida ni muerte si no hay cultura, porque la cultura son las formas de entender, valorar y vivir que hacen del mundo lo que es. Porque siempre llevamos las gafas de la cultura puestas, no nos las podemos quitar (aunque las podamos cambiar por otras).

Entonces, las condiciones de vida materiales son siempre también culturales. Los grupos humanos están constantemente decidiendo cuáles son las condiciones de vida que hay que conseguir y mantener, quién las va a mantener y cómo lo va a hacer. Esa decisión se toma en medio de enormes debates implícitos o explícitos en los que nos auto-representamos como seres vivos, y en los que se construyen narrativas, imágenes y contra-imágenes de una vida deseable o al menos digna.

 Me parece que si en el estado español ha pasado algo interesante en medio del ataque neoliberal que se viene sufriendo durante estos últimos años, ha sido en relación con ese enorme debate implícito y explícito sobre qué es una vida digna. Amador Fernández-Savater ha explicado que si 50 personas pueden parar un desahucio no es por su fuerza física, sino por algo que tiene que ver con ese debate sobre la dignidad. Y lo interesante es que con la “crisis” ha cambiado no sólo el contenido de ese debate, sino las propias condiciones de su existencia. Porque antes de la llamada “crisis” había una cultura predominante, una forma de vida muy asentada por la cual se esperaba que los expertos en materia económica y política se encargaran de garantizar los medios para que todo individuo pudiera dedicarse a perseguir sus deseos individuales. Es decir, (y dejadme que exagere y simplifique por la claridad del argumento), que en realidad no había debate explícito y abierto sobre cómo queremos vivir juntos: cada cual vivía para sí mismo y lo suyos, dejando a los “expertos” (políticos, economistas, líderes de esto o lo otro; en general: “los que saben”) que diseñaran los medios para que no chocáramos demasiado unos con otros.

Pero esta forma de vida, esta cultura, ha ido entrando gradualmente en crisis, según esos expertos han ido fallando una y otra vez tan brutalmente que hasta el más apático y amigo de “las cosas como están” se ha preguntado, ¿pero qué pasa aquí?

Esta cultura es enormemente fuerte y no se cae en un día. Hay una fuerte inercia que nos lleva a muchos a volver a ella, porque estamos hechos de ella, nos ha hecho ser lo que somos, en gran parte. Tiene dos caras: por un lado es tecnocrática, porque entiende la política como una cuestión técnica a resolver por expertos, como una cuestión de medios y no de fines; y por otro lado es consumista, porque entiende la vida como la experiencia de la elección y consecución de una serie de objetos de deseo por parte de individuos, a imagen y semejanza de lo que sucede en la transacción comercial.

 Las cosas no son blancas o negras. Pero lo cierto es que, especialmente desde que irrumpió el 15M, se ha dado un reencuentro de mucha gente con esa economía y política (con esa “economía política”) de la que se suponía que se debían ocupar los expertos, y, al mismo tiempo, también un reencuentro de la gente consigo misma, en tanto que gente que de pronto se ve en la necesidad de decidir en común cómo vivir, de empezar a construir colectivamente una vida digna para todos, en lugar de simplemente perseguir unos supuestos deseos individuales.

 Vale, pero ¿cómo se hace eso? No lo sé. Pero lo que quería decir aquí es que no sólo se hace haciendo manifestaciones, barricadas o lo que sea. Se hace también imaginando, pensando, representando, diciendo esa vida digna común que queremos construir desde plataformas no tecnocráticas ni consumistas. Por ejemplo, desde esas “comunidades epistémicas experimentales” de las que habla Tomás Sánchez Criado en este excelente post: “grupos o colectivos que buscan las más innumerables maneras de intentar articular teórica y prácticamente “quiénes somos”, “qué nos está pasando”, de discutir “sobre la que se nos ha venido encima” y “qué podemos hacer con ello””.

 Y es que en realidad ese post de Tomás dice ya todo lo que estoy yo diciendo aquí, y lo dice mejor y con muchos más ejemplos, y deja claro que estos procesos de conocimiento son ya una transformación de la vida en tanto que crean democráticamente valores, desplazando la tecnocracia y el consumismo como formas de crear valor. También, en ese sentido Adolfo Estalella, Jara Rocha y Antonio Lafuente han articulado inteligentemente la noción de “procomún” como un “objeto epistémico experimental” que yo entiendo que funcionaría como una especie de propulsor de esas “comunidades epistémicas experimentales” de las que habla Sánchez Criado.

 Pero en relación con todo esto, quería añadir un par de cosas más y una coda final:

 1-  que quizás sería útil entender todo ese trabajo “cultural” intenso que está manteniendo abierta la pregunta por la vida digna común no tecnocrática ni consumista en relación con tres vertientes, siempre impuras y mezcladas: antagonismo, autorepresentación y especialización.

 2-    que a pesar del valor de todo este trabajo “cultural” entiendo la impaciencia que a veces se siente hacia él, aunque me parece que es una impaciencia producida por la misma dificultad central que encuentra cualquier proceso político democrático en el mundo neoliberal: la dificultad que supone que aún cuando se consigue sostener formas de trabajo colectivo capaces de crear valor social de forma democrática, éstas a menudo se ven desplazadas o parasitadas por ese gran sistema tecnocrático de atribución de valor que constituye el dinero en el sistema económico-político capitalista.

 Desarrollo la 1:

1- Una primera vertiente podría ser ese momento antagonista, de rechazo y enfrentamiento con el sistema tecnocrático y consumista, que se canaliza, en gran parte, a través de la notablemente activa esfera pública de la Red, principalmente a través de redes sociales, blogs y otras plataformas participativas que permiten elaborar contestaciones y contra-versiones inmediatas de las historias difundidas por los poderes políticos y mediáticos. Los ejemplos son innumerables, pero por elegir uno especialmente significativo, mencionaré  la campaña 15MpaRato, que combina la recogida de información colectiva en la red con la intervención legal en contra de Rodrigo Rato, uno de esos supuestos “expertos” que iban a garantizar los medios “técnicos” necesarios para la felicidad de los individuos y que ha acabado por costar, con su ineficiencia, varios millones al erario público.

En segundo lugar, se da una vertiente más orientada hacia la autorepresentación de ese cuerpo político emergente que se quiere verdaderamente democrático y abierto a cualquiera, y por extensión la autorepresentación del espacio de lo común que ese cuerpo político trata de configurar. En este sentido desde el 15M han sido muy importantes los debates que se han generado en torno a la necesidad de desplazar identidades como las de “izquierda” y “derecha” y para sustituirlas por otras inclusivas como las de “el 99%” o simplemente “las personas”. Frente a concepciones agresivas del individuo que a veces se encuentran tanto en la estética activista como en el capitalismo competitivo, el clima de politización actual ha puesto sobre la mesa una autorepresentación de lo humano en términos de vulnerabilidad, interdependencia y cuidado mutuo, en parte gracias a las valiosas aportaciones del feminismo y los grupos queer y de diversidad funcional. Por otro lado, los debates sobre lo “común” o el “procomún” que ya mencionaba, están siendo también, creo, bastante claves en cuanto a proporcionar justamente un terreno común en el que cuestionar y retroalimentar los procesos de apertura de disciplinas, saberes y ámbitos en principio ajenos como la cultura libre, el urbanismo, la ecología y un gran etcétera.

En tercer lugar, y en relación con fenómenos como estos del “procomún”, se podría enfatizar la existencia de nuevas composiciones de los saberes especializados con espacios comunes y democráticos. Toda la estética y el discurso de las “mareas en defensa de lo público”, por ejemplo es un desplazamiento de identidades especializadas y corporativas muy fuertes como son las de los profesionales de la salud o la educación, que se han recombinado junto a las de los usuarios de los servicios públicos creando un nuevo espacio común. Algo parecido ocurriría a través de formatos híbridos entre lo especializado y lo “amateur” como pueden ser las experiencias del tipo “la universidad en la calle” y las múltiples instituciones y procesos de auto-formación, investigación colectiva o saberes compartidos que se dan en la Red y fuera de ella (el ejemplo típico sería Wikipedia, pero hay muchos otros como los cursos de Nociones Comunes, que se imparten en centro sociales y culturales de varias ciudades, el Laboratorio del Procomún en Medialab Prado o los colectivos de investigación Observatorio Metropolitano en Madrid y en Barcelona, etc, etc). Merecen una mención especial los trabajos de asesoría legal y en materia de economía que muchos profesionales llevan haciendo durante estos últimos años a los movimientos sociales, y que permiten pequeñas victorias como las que constantemente sigue consiguiendo la Plataforma de Afectados por las Hipotecas, que hace poco recibió el respaldo del tribunal europeo de derechos humanos.

Y ahora la 2:

2- Todo este trabajo de impugnación de las jerarquías tecnocráticas, de apertura de espacios comunes para la política de cualquiera y de integración de los saberes especializados en esos espacios democráticos sigue manteniendo abierto un clima de intensa politización que, sin embargo, produce a veces la extraña sensación de que el estado español es un hervidero de actividad en el que, paradójicamente, no cambia nada. Como adelantaba, quizás lo que produce esa impaciencia de ver que a pesar de todo no cambia nada son las grandes dificultades de todos los procesos políticos, y particularmente de los que trabajan principalmente en el universo simbólico, para establecer valores propios que no se vean parasitados o fagocitados por la gran maquinaria de reproducción de valor que es el capitalismo.

 Stephano Harney ha señalado que uno de los desarrollos más importantes del sistema capitalista en las últimas décadas ha sido la implementación de formas de convertir en beneficio empresarial el valor que la recepción activa del público añade a las mercancías. El capitalismo neoliberal ha aprendido a poner a trabajar a el ocio y las capacidades creativas de la gente, a usar en su beneficio todo el caudal inmenso de producción cultural que los nuevos públicos activos educados en la cultura de masas y ahora en la cultura digital canalizan cotidianamente.

 ¿No está pasando lo mismo con todo el conocimiento práctico autogestionado? Así lo sugiere de nuevo Harney, en esta entrevista, donde afirma que el neoliberalismo está gradualmente desarticulando la Universidad porque le resulta más beneficioso extraer el conocimiento y el valor cultural que necesita directamente de esas comunidades de base que lo producen colaborativamente. En fin. Nada de esto es nuevo, por lo demás: los teóricos de la revista Multitudes plantearon hace tiempo su teoría de cómo el capitalismo parasita lo que llamaron cuencas creativas urbanas dando un uso mercantil (a veces mediante la privatización que permite el copyright) a símbolos, estilos de vida, lenguajes o prácticas urbanas que surgen espontáneamente. Otra de esas formas de parasitismo es la que el geógrafo David Harvey ha hecho ilustre: la utilización de la efervescencia cultural urbana para la revalorización financiera de espacios físicos de los que después se benefician grandes empresas constructoras o inmobiliarias. Harvey señala además que, en general, lo que sigue haciendo especiales a las mercancías culturales es que permiten al capitalismo extraer de ellas lo que llama “rentas de monopolio”, es decir beneficios derivados de la supuesta excepcionalidad que la cultura aporta a ciertos lugares, objetos o experiencias. Para el caso del estado español tenemos la enorme suerte de contar con excelentes estudios concretos sobre este tipo de dinámicas como los realizados por Rubén Martínez y Jaron Rowan.

 Lo que cada vez parece más claro es que el logro de ciertas condiciones de sostenibilidad auto-gestionada por parte de personas que colaboran sin ánimo de lucro no es en absoluto algo que detenga la máquina de producción de beneficios financieros. De forma simplificada y esquemática lo que sucedería cada vez más es que los inversores de los grandes monopolios del capitalismo global obtienen rentas financieras a través de mecanismos que la auto-gestión de la vida cotidiana no necesariamente obstaculiza, como son los de la deuda individual o estatal. En el caso de España esto se ve muy claro: que la gente se una para auto-gestionar sus necesidades culturales, alimentarias, de vivienda, salud o educación no supone en realidad una gran amenaza a este tipo de capitalismo financiero mientras el estado siga pagando la enorme deuda nacional en la que ha incurrido debido a las presiones de la especulación financiera. De hecho, cuanto más se cuiden mutua y autónomamente los ciudadanos, menos recursos tendrán que dedicar el Estado a los servicios públicos, y más a sus obligaciones con los grandes actores de la macro-economía mundial, esos a los que hay que rescatar hagan lo que hagan porque son “too big to fail”.

 Coda final:

Termino: a pesar de todo esto, me parece que no podemos limitarnos a poner la cultura autogestionada, experimental y democrática en una especie de stand-by hasta que se logren instituciones político-económicas que garanticen que el valor creado por esa cultura no va a ser parasitado de uno u otro modo por la lógica del dinero -por lo que Harvey llamó “la comunidad del dinero”: esa forma de organizar y esconder la interdependencia humana a través del uso del dinero como medida de todo valor social. Me parece que el reto es poder apreciar por sí mismo el valor social generado democráticamente a pesar de que, en otro nivel, desde otros intereses, ese mismo valor esté siendo al mismo tiempo puesto al servicio de la “comunidad del dinero”. Lo uno no anula lo otro, creo. No siempre, no del todo, no necesariamente. Porque, como dicen Antonella Picchio y otras economistas feministas, una de las cosas que necesitamos reproducir para reproducir la vida, además de cuidados, alimentación, y cobijo, es el propio proceso cultural de valoración y decisión de qué es lo que vale la pena reproducir, de cómo queremos vivir. Se tiene que trabajar por la elucidación colectiva de esos valores, y esa elucidación es ya una parte de su realización.

 Finalmente: de acuerdo, probablemente la mayoría de todo ese trabajo cultural democrático que se está dando en el estado español lo están realizando cuerpos precarizados, explotados, a los que las instituciones político-económicas vigentes les sustraen el valor de su trabajo, obligándoles a trabajar también para la comunidad del dinero. Pero, ¿no podría ser que aún así ese trabajo cultural esté siendo ya una forma de hacer otro mundo, otra vida? ¿no podría ser que todo ese trabajo de crear valor no tecnocrático ni consumista fuera ya una parte fundamental del diseño de las instituciones que van a asegurar que sea posible una vida no tecnocrática ni consumista? En fin, con esto no pretendo ni mucho menos hacer una justificación de la precariedad laboral ¡Sólo faltaría! Pero sí una defensa de la cultura como parte fundamental del proceso de reproducción social, como parte de la vida que estamos ya viviendo y reproduciendo, aquí y ahora.

Una invitación a seguir dándole valor a esa cultura democrática y a seguir construyendo formas de evitar que se lo quiten.

 niños en Acampada Sol

*Este post se nutre de aprendizajes compartidos recientemente en el seminario “Commoning the City & Withdrawing from the Community of Money”.

Cultures of Anyone. The Spanish ‘Indignado’ Movement and its Contexts

The slides that go with this text can be viewed here:

Despite having 6 million people unemployed, 3 million people officially in poverty, 200 daily evictions, constant cuts to basic public services, and corruption scandals at all levels of government, Spain shows no clear signs of structural change over the short term.  Though some people refer to political institutions in Spain as “zombie institutions,” since they have lost nearly all of their credibility, they are still in place, dying but not totally dead.

The usual way to look for signs of change is to ask about electoral trends or protest movements. But I would like to propose another way of looking at the current situation in Spain, one that focuses on cultural changes, if, that is, we understand culture in the broad terms, as shared practices, habits, ways of life, experiences and imaginaries. In particular, I would like to stress three major cultural mechanisms that I believe to be crucial in preventing structural change from happening, because they influence the way people deal with reality in a basic way:

1- First, the imposition of a reality, or of what plays the role of reality, by the everyday stories of the mainstream media.

2- Second, the management of reality by experts who are supposedly the only ones qualified to deal with it.

3- Third, the consumption of reality as a set of possible objects of satisfaction for individuals.

I consider the M15 or “indignado” movement to be important less as a form of protest than as a process that is part of a broader transformation–or at least questioning–of those three major cultural mechanisms. I’ll offer some analysis and examples of each of these three mechanisms and their relationship to the Spanish crisis and the M15 movement.

1.-

Regarding the establishment of reality by the everyday stories of the mass media, it may be useful to start by recalling what happened after the bombings of Atocha station in Madrid in 2004, just days before the Spanish presidential elections. As many of you may know, in the aftermath of the tragic attack that killed 192 people, the government, all well as the Spanish mainstream media, initially attributed the bombings to the Basque pro-independence group ETA.  In the international media and informally among the people, however, the hypothesis emerged that the perpetrators were Islamic fundamentalists seeking retaliation for the intervention of the Spanish army in the invasion of Iraq. The second hypothesis, which conflicted with the electoral interests of the governing PP party, ended up being correct, and when the news spread the PP lost the lection. What interests me here is less the identity and motives of the bombers than the fact that the Spanish media systematically attempted to impose a politically expedient but unsupportable version of the events. Even as the evidence mounted against the ETA hypothesis, it took the dissemination of the information from person to person among those on the ground in Madrid, which directly contradicted the media story, to reverse the emerging narrative about the bombing.   The use of text messages in cellular phones was crucial in relaying the information as well as in organizing huge impromptu demonstrations in the streets, a clear precedent to the way the mobilizations of M15 were to happen in 2011, 7 years later.

Before I go on, a clarification about the establishment of reality by the media. Michel de Certeau explained that to say that the mainstream media establish reality is not to say that people really believe the mainstream media reality. Instead, we think that what the media shows is what most people believe. Of course, this is a circular situation: everyone believes that everyone believes in the media, but no one fully believes in it. This circle is broken when we see other people, questioning, refusing to believe,  and proposing alternative versions of reality.

The Atocha bombings were one of those moments in Spain. So was the release of the “Cablegate” files by Wikileaks in December of 2010, because they revealed the secret pressure the American embassy in Madrid put on the Spanish government to create a law restricting the use of the Internet, a law that was eventually passed in 2011 as the Ley Sinde, taking the last name of the then Minister of Culture, Ángeles González-Sinde. During the four years it took to propose and pass the law, and increasingly after the Wikileaks revelations, a massive movement in defense of freedom in the Internet arose. At the same time, the Internet itself was becoming a very important sphere of communication in Spain with a certain degree of autonomy from the mainstream. A very interesting episode in the process of this emergence of the Internet as a kind of a counter-sphere to the mainstream media originated with an article called “The dinner of fear”, written by thinker and activist Amador Fernández-Savater.

Shortly after the “Cablegate” and in the midst of intense controversy around the law that was going to inherit her name, minister Sinde decided to invite some entertainment industry stars that were openly close to the government to a dinner to discuss the potential internet restrictions. Someone made the mistake of also inviting Fernández-Savater, who had little to do with the  people there but was invited perhaps as a critical voice (only one!), and perhaps because he is the son of a famous philosopher and therefore could add prestige to the occasion. Whatever the case, Fernández-Savater was invited to and attended the dinner, and then told the story in an article that he published on his blog on the next day. He called the event “the dinner of fear” because he considered that fear was the main feeling explaining the position towards the Internet of the minister and the elite of cultural producers around her. Unable to question the traditional concept of intellectual property and individualist notions of cultural production, they regarded digital cultures as theft or piracy, ignoring all the widespread collective sharing and creativity that were already taking place within them.

The text went viral. It had hundred of comments, and innumerable re-publications in other websites. If you look at the comments, you can see the indignation with the secrecy and elitism of this powerful group of people discussing matters of public interest but acting more like the leaders of a mafia. This was an important moment in the emergence of a new “them” and “us” in Spanish society. First, it was a separation between those that were afraid of the Internet and those that had found a place for collaboration and autonomy in it. But later, it became something more.

After the “dinner of fear” an activist campaign appeared in the Internet with the name of “No les votes” (Do not vote them), which in principle referred to the political parties that had supported the Ley Sinde (including the two big ones), but later shifted to questioning the whole electoral system as an undemocratic institution. From this campaign and the indignation stemming from an economic crisis provoked by the elites but paid for by the people, there emerged an even bigger Internet campaign, called “Democracia Real Ya!”, which convoked several demonstrations on May 15th of 2011. After the one in Madrid a few people decided to stay in a square, Tahrir style. Over the next few days the most important political movement in Spain since the 70’s began to occupy many other squares, asking for real democracy and stating: “we are not commodities in the hands of politicians and bankers”. The movement didn’t talk about the media in that main slogan, perhaps because it didn’t need to. On the contrary, soon the mass media were the ones trying to get access to the occupied squares, in order to turn them into another story for their establishment of reality. To the surprise of many, reporters were often politely asked to stop their cameras and to join the assemblies and wait for their turn to speak, like everyone else.

Of course total autonomy from the mass media and their establishment of reality is far from having been achieved, either during the squares occupation or during the aftermath of M15. But the internet continues to be a place for counter-versions and displacements of the agenda setting of the mass media, though at least two crucial problems (too big to be analyzed here) persist: first, economic dependency of this counter-sphere upon the establishment, in many ways; second, its risk of being captured in the mass media’s establishment of the real by way of a continuous refusal of it.

democracia-real-ya-redescristianas.net_

2.-

The second cultural mechanism that has been questioned in the context of the movement for Internet freedom and by the M15 and its afterlives is the management of reality by so-called experts who claim to have the exclusive right to define or fix it. In the “dinner of fear” the questioning of the authority of cultural elites was already an important force, but, more than on the Expert in general, that questioning was focused on the figure of the Author, which can be considered a kind of expert. As historian Roger Chartier explained, the figure of the Author was consolidated in the 18th century. The Enlightenment defended the free circulation of ideas among human beings, but the economic interest of publishing houses spread the notion that the results of intellectual work should be considered property of those who created them, as much as the results of manual work. Later the Romantic belief in the uniqueness of individual expression reinforced the figure of the Author. However, in many historical moments and for many social groups, this individualistic and property-based understanding of cultural production has been considered limited and even misleading and abusive.

One of these instances of refusal of authorship as individual property is the hacker tradition, which evolved in parallel with the Free Software, Copyleft and Free Culture movements. As Spanish hacker Marga Padilla has explained, the decentralized architecture of the Internet as we know it is the result of the direct and active intervention of the hacker movement in its genesis. Internet promotes and relies on the “intelligence of anyone” because hackers designed it so that all of its nodes are structurally equal, thus promoting an understanding of cultural value as something that is always produced collectively by peers, not by solitary individuals. Social hierarchies and individualist consumerism can colonize the Internet (and they do it all the time), but because of its open and horizontal architecture there is still a democratizing potency in it.

This democratic potency was inherited by the M15 movement from the Internet cultures in which it was incubated. In some instances, M15 achieved an incredible capacity for questioning the basic principle that politics and economy should be left to Experts, who deserve all the authority because of their techno-scientific specialized knowledge. It went as far as to question the even more widespread and ancient principle of the inevitable existence of two separate groups in every society: those who know and those who don’t know. Without denying the importance of specialized techno-scientific knowledge, the occupied squares introduced a generalized respect for all kinds of knowledge and human capacities, in a way that broke the illusion of that barrier between the expert and the lay person. The open and collaborative dynamics of the movement, mimicking the hacker and copyleft tradition, encouraged everyone to bring their abilities to a common sphere in which it was assumed that no one knew everything and that everyone could contribute something.

Of course it is important to remember that widespread corruption and constant mistakes made by so-called Spanish financial experts and the politicians working closely with them have created an unusual climate of mistrust in the figure of the economist, particularly the techno-scientific Expert so common to the Eurozone in recent years. In the middle of this unprecedented crisis of legitimacy, the M15 movement created a variety of processes of knowledge production and sharing in which specialists worked together with citizens. On one side, there have been a lot of informative actions, including street talks and workshops, Internet campaigns and videos, which have explained the economic situation in terms understandable by anyone. But there have been also processes of grassroots collective political action such as the one promoted by the Platform for a Citizens’ Audit of the Debt, which has already led some municipalities to refuse to pay public debt acquired at high interest rates from banks that have themselves been “rescued” with public money. Another interesting process is #QuerellaparaRato (#LawsuitForRato), which has collected information from citizens affected by the wrongdoing of a major banker, Rodrigo Rato, in order to sue him -something that finally has happened and is pending resolution.

rato_alcatrazThere are many other examples of processes that have empowered and created space for the knowledge and capabilities of people who are not considered experts, authors or intellectuals in M15. A very significant one is the work of the Acampadasol’s Thinking Working Group. In parallel with the formation of many other working groups during the occupation of Madrid Puerta del Sol square (as for example the Economy, Politics and Culture working groups), several people got together to form the Thinking Working Group because, according to their own account, there was a need for self-representation and self-understanding of what was happening in M15. This Thinking Working Group was not an intellectual avant-garde; it actually defined itself more as a rear-garde group, because it tried to recover and explore the thinking that the movement was already creating on the go. One of their techniques was what they called the “street-thinking” format, which consisted simply in forming a big circle of people in the square and starting conversations about the movement that anyone could join, while the people from the working group took notes of expressions and ideas that they would later analyze and spread.

Spain is a country with a strongly elitist tradition of public intellectuals, many of which have become closely tied to the corporate mass media during the last decades. Some of them reacted promptly and aggressively against the practices and discourses of M15, dismissing them as idealistic or simplistic. But others reacted differently. The historian Pablo Sánchez León, a very different type of intellectual, wrote in the blog of the collective history project Contratiempo that M15 was breaking with what he called the “meta-narrative of Spanish modernity”: the assumption that progress and political transformation in Spain can only happen when enlightened minorities guide the uncultivated masses, helping them escape the influence of the traditional right-wing forces.

3.-

The third and last cultural mechanism that I want to emphasize is the consumption of reality as a set of possible objects of satisfaction for individuals, or what is often just called “consumerism”. This can be understood as one of the effects of what David Harvey, reading Marx, called “the community of money”, which is the organization and concealing of human mutual dependency in societies that use money as the measure of all social wealth. In other words, consumerism is a consequence of substituting markets for community as the main tool for dealing with our constitutive mutual dependency for survival. It is so ingrained in the way people think and act in capitalist societies that it has become naturalized. We think of reality as a set of objects of individual desire, but we live immersed in collective habits and institutions that decide for us which individuals are going to be able to choose what sets of objects of desire.

Recently there have been interesting criticisms of digital cultures and of the social and political movements like M15 that have been inspired by them. These criticisms have argued that the fluid and decentralized nature of digital networks is a fertile terrain for the individualistic and ever-renewed experience of consumerism. However, it is important to remember that this decentralized and fluid nature has proven to be a powerful organizing force for collective processes of mutual support, when it translates itself to the material sphere of bodies affected by the violence of neoliberalism.

In this sense, I wanted to end by commenting briefly how the two most powerful political experiences in the aftermath of M15, the so-called “Tides in defense of public services” (“mareas”) and the “Platform of People Affected by Mortgages” (“la PAH”) have inherited its fluid and decentralized ways of acting. The two most important “tides” are the “White Tide”, marea+verde+educacion+baleareswhich defends public health, and the “Green Tide”, which defends public education. Breaking with the tradition of top-bottom mobilization that characterizes the major trade unions in Spain, the “tides” have operated through networks of self-organized people, often relying on digital platforms for communication and coordination, and without any political identity other than the defense of human dignity and the right to basic public services. But perhaps what has been even more transformative and empowering in these political processes is the horizontal collaboration between social groups that are usually organized in very hierarchical relations. Thus, we have seen patients, doctors, nurses, and neighbors defending togethermarea_madrid hospitals in risk of closing by so-called austerity measures; as well as students, professors, and parents defending schools. The tides have major support from the overall population and they have been able to stop some of the cuts to public services.

The case of the Platform of People Affected by Mortgages is perhaps even more influential. The Spanish housing bubble was one of the biggest in the world, and since the crisis began in 2008 there have been a growing number of evictions: more than 100.000 last year and an average of 200 per day on the current year. The Plataforma has stopped 802 evictions and has even been able to re-settle 712 people in empty houses, and it has the support of 80% of the population. The housing crisis in Spain and the efforts of the Plataforma are becoming international news, as just this week the European Tribunal for Human Rights prohibited the eviction of 16 families from a building occupied by the Plataforma in Catalunya. These political victories have been achieved using a model of decentralized organization. The Plataforma has now bloc-Salt-AFP_ARAIMA20131016_0215_7181 different nodes in cities all over the Spanish state, each one with its own autonomy to act. More importantly, what all of this nodes share is a self-organizing model by which those affected by the housing crisis are the ones that help each other, instead of what would happen in a typical model of service or even charity provided by activists, social workers or NGO’s. With this self-organizing model, affected people treat the housing crisis as a collective and political situation, not as a personal problem, as a consumerist subjectivity would urge them to do.

To conclude, these are, I think, important examples of processes that show that the confluence of relative autonomy towards the establishment of reality by the media, empowerment against the authoritarian managing of reality by experts, and the creation of equalitarian networks of mutual dependency are able to at least displace the hegemony of consumerism and of the “community of money”. Two of the many questions that remain open are whether these processes can transform themselves into stable institutions and, if they can, whether the current institutions that protect the community of money are going to allow this to happen.